De entre todas las civilizaciones antiguas, el pueblo judío se distingue de manera única. Mientras grandes imperios surgieron y cayeron, dejando tras de sí ruinas y recuerdos, nuestro pueblo, pequeño y disperso, se ha mantenido vivo, transmitiendo su fe, su Torá y sus costumbres durante más de tres milenios. Este fenómeno desafía la lógica histórica: normalmente, las minorías sometidas o conquistadas son absorbidas por las culturas dominantes y terminan abandonando sus señas de identidad para asegurar su supervivencia. Sin embargo, el pueblo judío se negó a sacrificar lo esencial: su emuná, su fidelidad a Hashem y a Su Torá.
Desde el inicio de nuestra historia, con nuestro patriarca Abraham, aprendimos lo que significa ser ivrí. El Midrash explica que Abraham fue llamado así no solo por haber venido del otro lado del río Éufrates, sino porque supo ponerse “del otro lado” de toda una humanidad idólatra. Mientras el mundo entero servía a ídolos, él proclamaba la unicidad de Dios. Mientras el mundo se inclinaba ante la fuerza de la costumbre y la presión social, Abraham se mantuvo firme en su convicción, dispuesto incluso a ser arrojado al horno ardiente antes que traicionar la verdad del monoteísmo.

La valentía de Abraham marcó el destino de su descendencia. Ser judío significa tener el coraje de ser diferente, de no ceder ante la corriente dominante, de conservar nuestra identidad aun a costa de ser señalados o perseguidos. La historia da testimonio de que los que buscaron asimilarse terminaron desapareciendo. Pero aquellos que perseveraron en la Torá y en las mitzvot, los que no cedieron ante la presión de sus “vecinos de cuadra”, son los que hoy sostienen con orgullo la herencia judía.
La humanidad entera terminó adoptando la visión revolucionaria de Abraham: la fe en un solo Dios. Lo que en su tiempo fue considerado rebeldía, hoy constituye un fundamento aceptado por religiones y culturas en todo el mundo. Así, lo que comenzó como la fe solitaria de un ivrí se convirtió en una convicción universal.
Nuestra historia, entonces, puede resumirse en esa palabra: ivrí. Somos descendientes de quien se atrevió a estar del otro lado, y ese mismo espíritu nos ha permitido sobrevivir. No seguimos al mundo, sino a la verdad eterna revelada en el Sinaí. Como dijo el Rebe a unos jóvenes que dudaban de seguir en la escuela hebrea: si Noaj hubiera hecho lo que todos en su generación hacían, no habría mundo; y si Abraham hubiera seguido la corriente de sus contemporáneos, no habría pueblo judío.
Ese es el secreto de nuestra supervivencia: la capacidad de mantenernos firmes y distintos, de no renunciar a nuestra esencia aun cuando el precio parece alto. El mundo puede ir en una dirección, pero el judío recuerda que su misión es ser ivrí: aquel que, con fe y valentía, se atreve a sostener la verdad aunque esté solo del otro lado.













