Hoy deseo reflexionar con ustedes sobre un tesoro invaluable que nos ha sido confiado: la juventud. En la tradición de nuestro pueblo, los niños y los jóvenes no son meramente promesa de un mañana distante; ellos representan garantes del cumplimiento de la Torá y custodios del espíritu eterno de nuestra fe. Como nos enseña el relato midráshico de la entrega de la Torá, cuando Di-s solicitó garantes para asegurar la fidelidad de Su palabra, ninguna generación anterior —ni nuestros antepasados ni nuestros profetas— fue aceptada. Solo los niños y jóvenes fueron considerados dignos. Por ellos se nos concedió la Torá.
La palabra hebrea naar, juventud, encierra en sí misma una fuerza espiritual única. Los jóvenes poseen un fuego interior, una energía que los adultos a menudo etiquetamos como “rebeldía”. Pero esta rebeldía no es un crimen, sino un llamado divino a sacudir el polvo del conformismo, a despertar la conciencia y a no aceptar lo inmutable cuando se puede aspirar a más. Como nos recuerda el Lubavitcher Rebe: la insatisfacción de los jóvenes no es un obstáculo, sino la llama que nos impulsa a cambiar el mundo, guiados por un anhelo profundo de justicia y verdad.
El Midrash y nuestros textos sagrados nos enseñan que los jóvenes son los primeros en reconocer la presencia de Di-s, incluso antes que los mayores y más sabios. Sus palabras, acciones y aspiraciones poseen un grado de pureza que a veces los adultos hemos perdido, corrompidos por la autoconciencia o la arrogancia del conocimiento acumulado. Los niños, al estudiar la Torá o expresar su fervor espiritual, sostienen la continuidad del mundo; como dice Reish Lakish: “El mundo perdura sólo por el aliento de los escolares”.

Debemos aprender de ellos y esforzarnos por mantener vivo en nuestro corazón el espíritu juvenil, aun cuando el tiempo avance y las responsabilidades nos pesen. La Torá nos enseña a “entrar en nuestros días” con apertura, curiosidad y energía, tal como lo hicieron Abraham, Sara y Josué, quienes, incluso en edad avanzada, conservaban la vitalidad y el ímpetu de la juventud.
Así también, los grandes maestros de nuestra tradición nos muestran que la inocencia del niño no debe perderse jamás. En la plegaria diaria se nos exhorta a dirigirnos a Di-s con el corazón abierto y la sinceridad de un niño. La verdadera conexión espiritual no reside en la erudición ni en la sofisticación, sino en la capacidad de asombro y entrega que emana de un corazón puro.
Finalmente, quiero compartir un ejemplo conmovedor: durante la plegaria de Neilá en Yom Kipur, un joven de una aldea vecina, ajeno a las prácticas formales, expresó su súplica con la pureza de su espíritu: un simple “¡Quiquiriquí! ¡Di-s, apiádate!” conmovió los cielos y anuló un decreto adverso. Este relato nos recuerda que la fuerza de un corazón joven, sincero y abierto a Di-s, tiene el poder de transformar la realidad.
Aprendamos de nuestros jóvenes. Cuidemos su energía, fomentemos su espiritualidad y cultivemos en nosotros la capacidad de acercarnos a Di-s con el corazón de un niño. Porque, en verdad, en cada niño y joven reside la promesa de nuestra continuidad y la llama que mantiene vivo nuestro pueblo.
Que Di-s nos conceda la sabiduría para guiar a nuestra juventud y la humildad para aprender de ellos, preservando en nosotros el espíritu juvenil que nos acerca al Creador.













