Vivimos en una era donde el progreso no descansa y donde el “más” se ha vuelto una exigencia constante. Más logros, más posesiones, más conexión. En medio de esta vorágine, llega el Shabat. Y con él, una pausa. No cualquier pausa: una pausa sagrada.
Shabat no es un escape del mundo. Es una forma más elevada de habitarlo.
Durante seis días, transformamos la creación; en Shabat, recordamos que la creación ya es perfecta. Durante seis días hacemos, producimos, acumulamos; en Shabat simplemente somos. Y eso, en una cultura que nos empuja a medir nuestro valor por la productividad, es un acto de rebeldía espiritual.
Como enseña el Talmud: “¿Quién es rico? Aquel que se contenta con su parte.” Shabat nos enseña que ya tenemos suficiente, y más aún, que ya somos suficientes.

Este día no solo nos ofrece descanso del trabajo, sino descanso del deseo de ser distintos a quienes realmente somos. Es un espacio de reencuentro con nuestras almas, con nuestras familias, con Di-s.
El escritor Herman Wouk, al hablar de su experiencia con el Shabat en plena producción teatral, decía que salir de ese mundo frenético para volver a casa, a la mesa de Shabat con su esposa y sus hijos, era “como un breve regreso de la guerra”. Un alto en el fuego cruzado de la vida moderna. Un recordatorio de lo que verdaderamente importa.
Queridos amigos, si aún no han probado el sabor completo de un Shabat vivido con plenitud, no lo posterguen. Enciendan las velas. Pongan dos jalot sobre la mesa. Apaguen el teléfono. Abran un libro de Torá. Abran el corazón.
Shabat no es simplemente un día para desconectarse. Es un día para reconectarse: con uno mismo, con los seres queridos, con el Creador.













