Una Chispa De Santidad Interior

Querida comunidad:

Esta semana estudiamos la Parashá Lej Lejá, donde Hashem le dice a Abraham: “Lej Lejá”, “Ve para ti”. Estas palabras nos invitan a emprender un camino de crecimiento, a salir de aquello que nos limita y a descubrir quiénes estamos llamados a ser.

Pero hay una pregunta que vale la pena hacernos: ¿cómo crecemos espiritualmente? ¿Necesitamos que alguien nos imponga el cambio desde afuera o podemos aprender a despertar la grandeza que ya existe dentro de nosotros?

El Talmud nos enseña una idea muy profunda a través de dos imágenes de la naturaleza: la lluvia y el rocío.

La lluvia cae con fuerza y empapa la tierra; el rocío, en cambio, llega suavemente, casi sin que lo notemos, y aporta la humedad necesaria para que las plantas puedan desarrollarse. Ambos ayudan a que la vida crezca, pero lo hacen de maneras diferentes.

Esta diferencia nos enseña algo esencial sobre nuestro crecimiento espiritual. A veces pensamos que para cambiar necesitamos grandes exigencias, presión o correcciones constantes. Sin embargo, Hashem también nos enseña a través de la suavidad, dándonos oportunidades, despertando nuestra conciencia y ayudándonos a descubrir las fuerzas que ya llevamos dentro.

Hashem no solamente nos muestra lo que debemos mejorar; también nos ayuda a descubrir todo lo bueno que ya existe en nosotros.

Esta enseñanza está profundamente relacionada con Abraham. El Midrash nos presenta a Abraham como alguien que logró unir a las personas, acercándolas a una vida de conexión con lo Divino. ¿Cómo lo hacía? No solamente señalando los errores de los demás, sino ayudándolos a reconocer su propia grandeza.

Podemos imaginarlo como alguien que encuentra una prenda rasgada y vuelve a unir sus partes. Abraham comprendía que, detrás de las contradicciones, los errores y las conductas negativas de cada persona, existía una esencia que podía recuperarse.

Cuando alguien descubre la chispa de santidad que lleva dentro, empieza a mirarse de otra manera. Comprende que sus errores no tienen por qué definirlo y que siempre existe la posibilidad de volver a su esencia, reparar lo que se ha dañado y elegir un camino mejor.

¡Cuántas veces, en cambio, nosotros hacemos lo contrario! Nos acostumbramos a señalar lo que falta, lo que está mal o lo que el otro debería cambiar. Y, sin darnos cuenta, podemos apagar justamente la fuerza que necesitamos despertar.

Esto vale para nuestros hijos, nuestras familias, nuestros amigos y nuestra comunidad. Educar no es solamente corregir; también es ayudar a que cada persona descubra sus capacidades. Acompañar no es hacer el camino por el otro, sino darle confianza para que pueda recorrerlo. Y crecer espiritualmente no significa convertirnos en personas sin errores, sino aprender a reconocer nuestra esencia y vivir cada vez más cerca de ella.

La Parashá Lej Lejá nos invita a comenzar un viaje. Pero ese viaje no consiste únicamente en ir hacia un lugar nuevo: también consiste en acercarnos a nuestra propia identidad, reconocer el potencial que Hashem depositó en nosotros y animarnos a desarrollarlo.

Quizás hoy no necesitemos una lluvia de exigencias, sino unas gotas de rocío: una palabra de aliento, una oportunidad para volver a empezar, una mirada que vea lo bueno en nosotros o un pequeño acto de bondad que despierte algo que estaba dormido.

Que esta semana, a través de la Parashá Lej Lejá, aprendamos a reconocer la chispa de santidad que vive en cada persona. Que sepamos ayudar a los demás a descubrir su grandeza, sin dejar de trabajar sobre la nuestra. Y que Hashem nos dé la sabiduría para crecer con humildad, recuperar nuestra esencia y convertir nuestro potencial en acciones que traigan más bondad y luz al mundo.

Shabat shalom.