Anatomía De Un Pecado

Esta semana comenzamos nuevamente desde el principio.

Nuestra Parashá Bereshit nos lleva al comienzo de todo: la creación del mundo, la creación del ser humano, el Jardín del Edén y, finalmente, la primera gran transgresión de la humanidad.

Y quizás no sea casualidad que el año de lectura de la Torá comience con una pregunta que sigue siendo profundamente actual:

¿Por qué hacemos aquello que sabemos que no deberíamos hacer?

¿Por qué a veces actuamos por impulso?

¿Por qué cedemos ante una tentación aun sabiendo que después podemos arrepentirnos?

¿Por qué vivimos, en determinados momentos, por debajo de nuestro verdadero potencial?

La historia de Adam y Javá nos invita a mirar estas preguntas no solamente como un relato del pasado, sino como un espejo de nuestra propia vida.

Dios nos da un mundo lleno de posibilidades

Cuando Hashem coloca a Adam y Javá en el Gan Edén, no comienza diciéndoles únicamente qué está prohibido.

Por el contrario.

La primera instrucción es permitirles disfrutar de los árboles del jardín.

Hay una idea muy hermosa detrás de esto:

El judaísmo no considera que vivir plenamente sea algo negativo.

Dios quiere que disfrutemos de Su creación.

Que tengamos una vida rica.

Que experimentemos.

Que crezcamos.

Que construyamos.

Que disfrutemos de aquello que es bueno.

Pero justamente porque la vida tiene infinitas posibilidades, también necesita límites.

Como en cualquier deporte: las reglas no existen para impedir que juguemos, sino para que podamos jugar correctamente.

Así también la Torá.

La Torá no viene a reducir nuestra vida.

Viene a enseñarnos cómo vivirla.

Entonces aparece el Árbol

En medio de toda esa abundancia existe un límite:

“Del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal no comerás.”

Y ahí comienza el desafío.

¿Qué era tan tentador?

El Talmud, en Berajot 40a, presenta tres opiniones acerca del fruto.

Rabí Meir dice que era una vid.

Rabí Nejemiá dice que era una higuera.

Rabí Iehudá dice que era trigo.

A primera vista, podríamos preguntarnos:

¿Por qué nuestros Sabios necesitan discutir sobre algo que parece secundario?

¿Qué importancia tiene saber qué fruto era?

Pero el Gaón de Vilna y el Maharal nos ofrecen una mirada mucho más profunda.

Quizás los tres frutos representan tres dimensiones fundamentales del ser humano:

el cuerpo, el corazón y la mente.

Cuerpo, corazón y mente

El higo representa la dimensión física, el placer y la gratificación.

La vid representa el mundo emocional, aquello que despierta nuestros sentimientos y nos puede llevar a perder el control.

Y el trigo representa la dimensión intelectual, la mente y la búsqueda de comprensión.

Es decir:

cuerpo, corazón y mente.

Y lo fascinante es que la propia Torá parece mostrarnos estas tres dimensiones cuando describe la tentación de Javá:

“Vio que el árbol era bueno para comer, un deleite para los ojos y deseable para alcanzar sabiduría.”

Primero:

“Bueno para comer.”

El cuerpo.

Después:

“Un deleite para los ojos.”

La emoción.

Y finalmente:

“Deseable para alcanzar sabiduría.”

La mente.

Javá no fue tentada solamente por una cosa.

La tentación apeló a toda la persona.

Y eso también sucede con nosotros.

La tentación comienza mucho antes de la acción

Cuando una persona desarrolla un hábito que sabe que no le hace bien, normalmente no comienza directamente con la acción.

Hay un proceso.

Primero aparece un estímulo.

Después aparece una sensación.

Después un deseo.

Después nuestra mente comienza a justificarlo.

Y finalmente actuamos.

Muchas veces creemos que nuestro problema es la falta de voluntad en el último momento.

Pero quizás debemos mirar mucho más atrás.

¿Qué ocurrió cinco minutos antes?

¿Qué vimos?

¿Qué sentimos?

¿Qué pensamiento apareció?

¿Qué nos dijimos a nosotros mismos?

Porque muchas veces la batalla no comienza cuando estamos a punto de caer.

La batalla comienza mucho antes.

¿Quién gobierna a quién?

El artículo propone una enseñanza muy profunda a partir de las palabras hebreas:

Móaj — mente.

Lev — corazón.

Klaiot — cuerpo, representado en la tradición por los riñones como símbolo de los impulsos inferiores.

Las primeras letras forman:

מ — ל — כ

Y reorganizadas pueden formar מֶלֶךְ — MÉLEJ, rey.

La enseñanza es poderosa:

Cuando nuestra mente gobierna nuestras emociones y nuestros impulsos, nos convertimos en “reyes” de nosotros mismos.

No porque gobernemos a otros.

Sino porque conseguimos algo mucho más difícil:

gobernarnos a nosotros mismos.

El verdadero dominio no consiste en controlar a los demás.

Consiste en poder decirle a nuestro propio deseo:

“Te escucho, pero no necesariamente voy a obedecerte.”

El problema aparece cuando invertimos el orden

Cuando ocurre lo contrario, cuando el impulso físico toma el control, arrastra a la emoción y finalmente utiliza incluso nuestra inteligencia para justificar lo que ya decidimos hacer, perdemos nuestra libertad.

Primero queremos algo.

Después lo sentimos.

Y finalmente empezamos a buscar argumentos para demostrar que deberíamos hacerlo.

¿Cuántas veces nos sucede?

“Una vez no pasa nada.”

“Después lo arreglo.”

“Todos lo hacen.”

“Me lo merezco.”

“Esta vez es diferente.”

La mente, que debería ayudarnos a gobernar nuestros deseos, se convierte entonces en su abogada.

Y eso es justamente lo peligroso.

Porque podemos ser muy inteligentes y, aun así, utilizar nuestra inteligencia para justificar nuestros impulsos.

La Torá viene a devolvernos el control

Y aquí aparece una de las ideas centrales de esta Parashá Bereshit.

La Torá no solamente nos dice qué está permitido y qué está prohibido.

También nos enseña a desarrollar la capacidad de elegir.

Nos recuerda que el ser humano no está condenado a obedecer automáticamente cada deseo que aparece dentro suyo.

Tenemos una capacidad extraordinaria:

el libre albedrío.

Podemos sentir una cosa y elegir otra.

Podemos tener un deseo y decidir no seguirlo.

Podemos equivocarnos y comenzar nuevamente.

Podemos construir hábitos diferentes.

Podemos entrenar nuestra voluntad.

Por eso la Torá no busca que dejemos de tener deseos.

Busca algo mucho más profundo:

que nuestros deseos no sean quienes gobiernen nuestra vida.

El Árbol equivocado y el Árbol correcto

La nota final del artículo agrega otra enseñanza muy hermosa.

En el Jardín había también otro árbol:

el Árbol de la Vida.

Adam y Javá tomaron del árbol equivocado.

Y nosotros, cada vez que devolvemos la Torá al Arca, pronunciamos una frase conocida:

“Etz Jaim Hi Lamajazikim Bá.”

“La Torá es un Árbol de Vida para quienes se aferran a ella.”

Qué imagen tan poderosa.

Al comienzo de la historia humana aparece un árbol que representa una elección equivocada.

Y a lo largo de nuestra historia aparece otro árbol:

la Torá como Árbol de Vida.

Como si la tradición nos estuviera diciendo:

“Todavía podés elegir.”

Todavía podés volver.

Todavía podés tomar otro camino.

¿Dónde necesitamos gobernarnos esta semana?

Por eso, esta Parashá no debería quedarse solamente en el estudio.

Podemos convertirla en un ejercicio personal.

Pensemos en un área de nuestra vida en la que sentimos que perdemos el control.

Puede ser una reacción emocional.

Una forma de hablar.

Un hábito.

El uso del celular.

La comida.

La procrastinación.

El enojo.

Una conducta que repetimos aunque sabemos que después nos hace sentir mal.

Y hagámonos algunas preguntas:

¿Qué dispara ese comportamiento?

¿Qué siento justo antes de hacerlo?

¿Qué me digo a mí mismo para justificarlo?

¿Qué puedo modificar hoy en mi entorno para que sea más difícil caer?

¿Qué hábito saludable puedo colocar en su lugar?

Y quizás la pregunta más importante:

¿Qué decisión puedo tomar ahora, antes de que aparezca la próxima tentación?

Porque el autocontrol no consiste solamente en ser fuerte en el momento de mayor debilidad.

También consiste en prepararnos antes de que llegue ese momento.

Volver a ser dueños de nuestra vida

Querida comunidad:

La historia de Adam y Javá no pertenece solamente al comienzo de la humanidad.

También habla de nosotros.

Todos tenemos un cuerpo que desea.

Todos tenemos un corazón que siente.

Todos tenemos una mente que piensa.

El desafío consiste en lograr que esas tres dimensiones trabajen juntas, pero bajo una dirección consciente.

Que nuestro cuerpo no gobierne nuestra mente.

Que nuestras emociones no gobiernen nuestras decisiones.

Que nuestros impulsos no definan quiénes somos.

Que nuestra inteligencia no se convierta en una herramienta para justificar nuestros deseos, sino en una herramienta para elevarlos.

Comenzamos la Torá con Bereshit porque cada comienzo es también una oportunidad.

Podemos mirar nuestras elecciones pasadas y pensar:

“Esto es lo que soy.”

O podemos decir:

“Esto es lo que hice. Pero todavía puedo elegir quién quiero ser.”

Quizás esa sea una de las grandes enseñanzas del comienzo de la Torá:

la vida es un constante ejercicio de elección.

Y cada vez que logramos detenernos un instante antes de actuar, cada vez que elegimos lo correcto por encima de lo cómodo, cada vez que conseguimos que nuestra mente gobierne nuestros impulsos, estamos reparando un poco aquella primera experiencia del Jardín.

Estamos volviendo a tomar el control.

Estamos eligiendo el Árbol de la Vida.

Que esta Parashá Bereshit nos ayude a comenzar el año de estudio de la Torá con una decisión sencilla pero profunda:

no dejar que nuestros impulsos decidan por nosotros.

Que podamos utilizar nuestra mente, nuestro corazón y nuestro cuerpo para construir una vida con propósito.

Y que podamos ser verdaderamente melej — reyes — no sobre los demás, sino sobre nosotros mismos.