La creación de HaShem está llena de maravillas. Cada elemento de la naturaleza puede llevarnos a contemplar la grandeza del Creador y, al mismo tiempo, a reflexionar sobre nuestra propia vida.
Entre esas maravillas encontramos algo tan cotidiano como los colores.
La Torá y la tradición de nuestros Sabios nos enseñan que la realidad no está compuesta solamente por aquello que vemos con nuestros ojos. Detrás de la creación existe un orden espiritual profundo. La tradición de la Kabalá, especialmente a través de las enseñanzas del Ramak, Rabí Moshé Cordovero, relaciona diferentes colores con las distintas Sefirot, expresiones de los atributos mediante los cuales HaShem manifiesta Su presencia en el mundo.
El blanco, por ejemplo, está asociado con Jesed, la bondad y la misericordia. Nos recuerda la generosidad, la entrega y la capacidad de dar.
El rojo, en cambio, se relaciona con Guevurá, la fuerza, el límite y el rigor. Es el color que nos recuerda que también necesitamos saber detenernos, controlar nuestros impulsos y establecer límites.
Y entre estos dos extremos encontramos Tiferet, el equilibrio. La verdadera grandeza de una persona no consiste en ser únicamente bondadosa ni únicamente estricta. Consiste en saber cuándo dar, cuándo detenerse, cuándo ser flexible y cuándo establecer un límite.
Esta enseñanza tiene una aplicación enorme en nuestra vida cotidiana.
Una persona que solamente da, sin límites, puede terminar perjudicándose a sí misma o incluso perjudicando a quien recibe. Una persona que solamente sabe exigir y poner límites puede terminar alejando a quienes la rodean.
La Torá nos enseña a buscar el equilibrio.
Nuestros Sabios nos muestran esta idea a través de la conocida expresión Hamtakat HaGuevurot, “endulzar las Guevurot”: incorporar la bondad dentro de la fuerza y lograr que dos cualidades aparentemente opuestas puedan trabajar juntas.
Podemos encontrar una hermosa imagen de esta idea en algo tan sencillo como una bebida: lo amargo y fuerte combinado con lo dulce y suave puede producir un resultado completamente diferente.
Así también ocurre con el ser humano.
No debemos eliminar nuestras fuerzas, sino aprender a dirigirlas correctamente.
El verde, asociado tradicionalmente con Netzaj, nos recuerda el crecimiento y la perseverancia. La naturaleza nos enseña constantemente que crecer requiere tiempo, paciencia y continuidad. Una semilla no se transforma en árbol de un día para otro.
También nosotros necesitamos crecer de manera gradual.

A veces queremos cambiar nuestra vida de inmediato. Queremos ser mejores padres, mejores esposos, mejores hijos, mejores miembros de nuestra comunidad y mejores servidores de HaShem de un día para otro.
Pero la naturaleza nos enseña otra cosa:
el crecimiento verdadero necesita tiempo.
Una pequeña decisión repetida cada día puede terminar transformando una vida entera.
El blanco nos recuerda la misericordia. El rojo, la fuerza. El verde, el crecimiento. El amarillo, el equilibrio y la armonía. Cada color puede convertirse en una oportunidad para detenernos y preguntarnos:
¿Qué cualidad necesito fortalecer hoy?
¿Necesito aprender a dar más?
¿Necesito aprender a poner límites?
¿Necesito tener más paciencia?
¿Necesito controlar mi enojo?
¿Necesito crecer en alegría?
¿Necesito encontrar un mayor equilibrio en mi vida?
Querida comunidad:
La belleza de la creación no está únicamente en contemplarla, sino en aprender de ella.
Cuando miramos una planta crecer, podemos recordar que nosotros también podemos crecer.
Cuando vemos la diversidad de colores, podemos recordar que HaShem creó un mundo de diferentes cualidades que necesitan encontrar armonía.
Y cuando contemplamos la extraordinaria precisión de la naturaleza, podemos despertar en nuestro corazón una mayor conciencia de la grandeza del Creador.
La verdadera espiritualidad consiste también en aprender a mirar aquello que tenemos delante de nuestros ojos y descubrir que allí puede existir una enseñanza.
Que HaShem nos conceda ojos para ver, pero también corazón para comprender.
Que podamos reconocer Su presencia en la creación, en nuestra familia, en nuestra comunidad y en cada oportunidad que tenemos para mejorar nuestras cualidades.
Y que podamos transformar cada día en una oportunidad para acercarnos un poco más a Él.











