Rav Avigdor Miller nos presenta una pregunta que toca una realidad muy humana:
¿Cómo podemos alegrarnos y servir a Hashem con alegría cuando sabemos que otras personas están sufriendo?
La respuesta que ofrece es profunda: debemos aprender a organizar nuestra mente y nuestro corazón.
El judaísmo no nos pide ignorar el dolor de los demás. Por el contrario, cuando nuestro prójimo sufre, debemos sentir compasión por él. Debemos preocuparnos, acompañarlo y tratar de ayudarlo.
Pero al mismo tiempo, Hashem tampoco quiere que despreciemos las bendiciones que Él nos concede.
Y aquí aparece una enseñanza fundamental: una persona puede sentir dolor y alegría al mismo tiempo, porque cada emoción puede tener su lugar.
Rav Miller trae un ejemplo extraordinario del calendario judío.
Hace poco estuvimos en Tishá BeAv: nos sentamos en el suelo, lloramos por la destrucción del Beit Hamikdash y recordamos las tragedias que sufrió nuestro pueblo.
Y poco después llega Jamishá Asar BeAv, un día que nuestros Sabios describen como uno de los días más alegres para Am Israel.
¿Cómo es posible pasar de una emoción a otra con tanta rapidez?
Precisamente porque el judío no vive según sus emociones personales exclusivamente.
Aprendemos a sentir de acuerdo con lo que la Torá nos enseña que corresponde sentir.
Hay un tiempo para llorar y hay un tiempo para alegrarse.
Esto no significa que al llegar la alegría desaparezca toda sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. Significa que una persona puede tener un corazón suficientemente amplio como para contener ambas realidades.
Podemos recordar que alguien está sufriendo y sentir compasión por él, y al mismo tiempo agradecer a Hashem por aquello bueno que tenemos.

Podemos preocuparnos por el dolor de nuestro prójimo y, sin embargo, bailar en la boda de nuestra hija.
Eso no es contradicción.
Eso es madurez espiritual.
Rav Miller señala además algo muy profundo: incluso en Tishá BeAv, cuando estamos de duelo por la destrucción del Beit Hamikdash, seguimos pronunciando bendiciones por los beneficios que Hashem nos concede.
Agradecemos por las vestimentas. Agradecemos por la fuerza. Agradecemos por la capacidad de caminar.
¿Por qué?
Porque incluso en medio del duelo, seguimos teniendo motivos para agradecer.
Esto nos enseña que la tristeza no debe cegarnos frente a la bondad de Hashem.
Y la alegría tampoco debe cegarnos frente al dolor de los demás.
Un judío necesita ambas capacidades.
La persona que solamente sabe estar alegre puede volverse superficial. La persona que solamente sabe estar triste puede perder la capacidad de reconocer las bondades que Hashem le concede.
Por eso Rav Miller utiliza una expresión muy fuerte: si una persona solamente puede ser de una manera, se encuentra espiritualmente limitada.
El ser humano tiene libre albedrío precisamente porque puede elegir cómo responder a cada situación.
Hay momentos en los que debemos llorar.
Hay momentos en los que debemos alegrarnos.
Hay momentos en los que debemos preocuparnos por otro.
Y hay momentos en los que debemos agradecer y disfrutar plenamente de una bendición que Hashem nos ha dado.
Todas esas actitudes pueden ser verdaderas.
La grandeza del judío consiste en saber discernir cuál corresponde en cada momento.
Que podamos pedirle a Hashem un corazón sensible al sufrimiento de los demás, pero también capaz de reconocer y disfrutar Sus bondades.
Que sepamos llorar cuando corresponde llorar, alegrarnos cuando corresponde alegrarnos, agradecer cuando corresponde agradecer y ayudar cuando corresponde ayudar.
Y que nunca olvidemos que servir a Hashem con alegría no significa ignorar el dolor del mundo.
Significa reconocer que, incluso dentro de un mundo que contiene dolor, Hashem también nos concede innumerables motivos para agradecerle y servirlo con todo nuestro corazón.













