Que las palabras de Torá encuentren en cada uno de ustedes un corazón atento y una mente dispuesta a comprender.
A lo largo de la historia espiritual de la humanidad, muchas corrientes han visto al cuerpo como un obstáculo, como una fuerza que distrae, que arrastra al alma hacia lo bajo y la aparta de su verdad más elevada. Bajo esa mirada, el ideal religioso fue, muchas veces, debilitar el cuerpo para liberar al alma. Sin embargo, el judaísmo nos transmite una enseñanza profundamente distinta y, podríamos decir, revolucionaria.
La Torá no nos pide huir del cuerpo. Nos pide santificarlo.
El cuerpo no es el enemigo del alma; es su socio, su instrumento y, más aún, el propósito mismo de su descenso a este mundo. El alma desciende desde alturas espirituales infinitamente puras no para escapar de la materia, sino para habitarla, refinarla y transformarla. Sin manos no hay tefilín; sin boca no hay bendición; sin pies no hay actos de bondad. La santidad no flota en el aire: se construye con acciones concretas, con gestos físicos, con decisiones que se encarnan en la vida cotidiana.
Por eso el judaísmo es una Torá de acción. No alcanza con sentir; hay que hacer. No basta con elevar el pensamiento; hay que elevar el acto. Cuando comemos y bendecimos, cuando trabajamos honestamente, cuando cuidamos nuestra salud, cuando descansamos para poder servir mejor, estamos cumpliendo la voluntad del Creador tanto como cuando estudiamos o rezamos. El cuerpo, bien orientado, se vuelve transparente al alma y se convierte en un canal de luz.
Nuestros Sabios enseñan que incluso después de utilizar el baño pronunciamos una bendición. ¿Por qué? Porque reconocemos que el funcionamiento del cuerpo no es algo trivial, sino una condición sagrada para poder vivir, cumplir mitzvot y transformar el mundo. Un pequeño desajuste físico puede convertirse, como dijeron los grandes maestros, en una gran herida espiritual. De aquí aprendemos que cuidar el cuerpo no es vanidad ni indulgencia: es responsabilidad religiosa.

Más aún, la Torá nos enseña que el cuerpo posee una fuerza que el alma, por sí sola, no tiene. La pasión, la energía, incluso los impulsos que parecen bajos o peligrosos, cuando son encauzados correctamente, pueden llevar al alma a alturas que jamás alcanzaría desde una existencia puramente espiritual. No se trata de negar la fuerza del cuerpo, sino de dirigirla. Como el caballo fuerte que, guiado por un jinete sabio, puede llevarlo mucho más lejos de lo que éste podría caminar por sí mismo.
Por eso la halajá es tan estricta en la preservación de la vida. Pikuaj nefesh, la salvación de una vida humana, desplaza casi toda otra consideración. Porque la vida física no es un medio descartable, sino un valor supremo. El cuerpo es tan sagrado que incluso después de la muerte lo tratamos con el máximo respeto, reconociendo que fue el recipiente en el cual se cumplió la voluntad divina en este mundo.
Nuestros maestros jasídicos fueron aún más lejos y enseñaron que, en su raíz espiritual, el cuerpo proviene de una fuente más elevada que el alma. En el tiempo por venir, el alma será nutrida por el cuerpo. No porque el cuerpo sea perfecto, sino porque su refinamiento es el objetivo último de la creación. El alma desciende para elevar al cuerpo, no para despreciarlo.
Recordemos las palabras del jasid que, tras una vida de privaciones, comprendió que una sola mitzvá más realizada con un cuerpo fuerte vale más que décadas de mortificación. No fue creado el hombre para sufrir su corporalidad, sino para convertirla en un santuario.
Querida comunidad, el mensaje es claro y exigente a la vez: no busquemos a Di-s escapando de la vida, sino encontrándolo dentro de ella. En la mesa, en el trabajo, en el descanso, en el cuidado del cuerpo y en cada acto cotidiano hecho con conciencia y propósito. Allí, precisamente allí, es donde la Torá desea habitar.
Que sepamos escuchar tanto la voz del alma como la sabiduría del cuerpo, y que juntos —cuerpo y alma— construyamos una morada para la Presencia Divina en este mundo.













