Que estas palabras sean recibidas con serenidad, reflexión y emuná.
Una de las preguntas más profundas que acompañan al ser humano a lo largo de su vida es si existe, verdaderamente, una persona que fue destinada para él o para ella desde lo Alto. El anhelo de encontrar un zivug verdadero, una pareja con la cual construir una vida plena y con sentido, no es un deseo superficial, sino una búsqueda del alma.
Nuestros Sabios enseñan en el Talmud que cuarenta días antes de la formación del embrión se proclama en los Cielos: “La hija de fulano para mengano”. Esta enseñanza nos revela que, en el plano espiritual, existe una armonía potencial entre dos almas, una afinidad profunda que precede incluso a la existencia física. No se trata solamente de compatibilidad emocional o intelectual, sino de una raíz espiritual compartida.
Sin embargo, la Torá nunca anula el libre albedrío del ser humano. Cada persona es colocada en este mundo con la capacidad —y la responsabilidad— de elegir su camino. Cuando dos personas destinadas una a la otra recorren sendas compatibles, cuando ambas cultivan una vida digna, con valores, responsabilidad y crecimiento espiritual, esa unión puede manifestarse en la realidad tal como fue concebida en potencia.
Pero cuando uno de ellos elige un camino que se aparta de la rectitud, de la coherencia interior y del compromiso moral, esa potencial unión puede volverse imposible de concretar. No porque el decreto original haya sido un error, sino porque el ser humano tiene la libertad de elevarse o degradarse. En ese caso, la Providencia Divina asigna una nueva pareja acorde al nivel real de la persona. Esto es lo que nuestros Sabios denominan el “segundo zivug”, aquel que depende de los méritos, de las decisiones y del trabajo interior de cada uno.

Aquí debemos comprender un principio fundamental: Hashem no fuerza al ser humano a hacer lo correcto. Incluso cuando una persona elige un camino equivocado, el Creador no le quita la sensación de plenitud ni la ilusión de haber encontrado a “su pareja ideal”. El libre albedrío es tan esencial que incluso puede llevar a una persona a sentirse completa en una elección que, desde una perspectiva espiritual más elevada, no es la óptima.
Más aún, Hashem no juzga a la persona por su apariencia externa. Hay quienes parecen rectos y elevados, pero cuyo interior está desalineado, dominado por pensamientos y conductas incorrectas. Y hay quienes, en silencio y sin ostentación, trabajan su carácter y su verdad interior. El juicio Divino se basa en el corazón, en la autenticidad, no en la máscara. Por eso, a cada persona se le concede una pareja acorde a su verdadero nivel, no al que aparenta ante los demás.
De aquí surge una enseñanza poderosa para todos nosotros: la pregunta no debe ser únicamente “¿quién es mi pareja destinada?”, sino “¿en quién me estoy convirtiendo yo?”. El zivug no es sólo algo que se encuentra; es algo que se merece y se construye. Cuanto más refinado es el corazón, más elevada será la conexión que uno podrá sostener.
Que sea la voluntad de Hashem que cada uno de nosotros tenga el mérito de alinear su vida exterior con su verdad interior, de elegir caminos de dignidad, crecimiento y responsabilidad, y que así podamos encontrar —o reconocer— nuestro verdadero zivug: aquel que fue decretado en lo Alto y que puede realizarse en lo bajo, en este mundo, con bendición, paz y fidelidad.













