Permítanme compartir con ustedes una enseñanza profunda que nuestros sabios han resguardado a lo largo de generaciones, una enseñanza que toca un aspecto sensible y cotidiano de nuestras vidas: el dinero, kesef.
El judaísmo jamás lo trató como un enemigo ni como un dios. Lo entendió, más bien, como lo que verdaderamente es: una fuerza poderosa, moralmente neutra, que adquiere significado según la intención y la conducta de quien la sostiene. Así como el fuego puede calentar un hogar o destruirlo, la riqueza puede elevar o degradar, puede ser instrumento de luz o sombra.
Nuestros sabios nos enseñaron que kesef proviene de nijsaf —“anhelo”— porque en lo profundo del ser humano existe un impulso, casi natural, de buscar y acumular. Pero ese impulso, lejos de ser condenado, es interpretado por la tradición mística como la voz misma del alma, que desea utilizar los recursos materiales para cumplir un propósito más alto: traer justicia, bondad y redención al mundo.

Por eso la Torá nos rodeó de mitzvot que regulan nuestra conducta económica: medidas honestas, palabra verdadera, pago justo, prohibición del engaño, cuidado del pobre, año de liberación, diezmo para la tzedaká. No para limitarnos, sino para recordarnos que el dinero, por sí solo, no da luz. Somos nosotros quienes decidimos si lo convertimos en un puente hacia lo divino, o en un muro que nos encierra en nosotros mismos.
Y recuerden la pregunta que, según el Talmud, se formula al alma después de los días de este mundo:
“¿Comerciaste con honestidad?”
No se nos pregunta cuánto tuvimos, sino cómo lo utilizamos.
La tradición jasídica agrega otro matiz: dentro de cada cosa material hay una chispa sagrada que espera ser elevada. Cuando usamos nuestros bienes para fines nobles, esas chispas son liberadas y retornan a su origen. Cuando actuamos con egoísmo, entonces somos nosotros quienes quedamos atrapados en la materia.
Así lo expresó el Rebe en aquella historia que muchos conocen: un hombre que entregó toda su fortuna para rescatar a un cautivo, aun cuando finalmente encontró al hombre sin vida. Aquel sacrificio parecía inútil… pero en el cielo le mostraron que ninguna entrega por un ser humano es en vano. Y aunque se le ofreció volver a una vida de riqueza o saborear un anticipo del Gan Eden, eligió lo espiritual. Sin embargo —dijo el Rebe— de haber conocido las enseñanzas jasídicas habría elegido la riqueza otra vez, porque con más recursos, cuántas vidas más habría salvado.
No temamos al dinero. Temamos, sí, usarlo sin conciencia. Temamos olvidar que cada billete es una oportunidad para hacer el bien, para sostener al necesitado, para fortalecer la vida judía, para dar dignidad, para encender luz.
Que cada uno de nosotros pueda transformar su kesef en kedushá, su anhelo en acción, su éxito en bendición compartida.
Y que el Altísimo nos conceda no solo sustento, sino el mérito de usarlo con rectitud, compasión y propósito.













