El Peligro de Las Proyecciones Positivas

Hay momentos en la historia del pueblo judío en los que debemos detenernos, mirar con profundidad, y reconocer las lecciones que el Eterno nos ha enviado generación tras generación. No para despertar miedo, sino para despertar claridad. No para hundirnos en el dolor, sino para elevarnos en responsabilidad y lucidez espiritual.

Permítanme compartirles un episodio que ilustra un peligro que atravesamos una y otra vez: el peligro de las proyecciones positivas, de atribuirle al enemigo la lógica, la sensibilidad y la humanidad que habitan en nosotros, pero que ellos no necesariamente poseen.

En 1944, un prisionero logró escapar de Auschwitz y llegar a Budapest. Reclamó hablar con sus hermanos judíos y, con la voz quebrada, les dijo: “No nos llevan allí para trabajar. Nos llevan para matar. Ancianos, mujeres, niños… no hay excepciones”. Aquella advertencia auténtica y dolorosa fue recibida con incredulidad. Líderes sabios y respetados argumentaron: “¿Qué sentido tendría? Alemania necesita soldados, recursos, trabajadores. ¿Para qué gastarían su energía en asesinar a los que no pueden trabajar? Es ilógico”.
La lógica era impecable.
La conclusión, fatal.

Entre mayo y julio de ese mismo año, 434.000 judíos fueron deportados a Auschwitz, y la mayoría asesinados al llegar. El error no fue de inteligencia. Fue de visión. Intentamos entender al enemigo con nuestra lógica, con nuestro corazón, con nuestros valores. Humanizamos lo inhumano.

Y ese error, queridos hermanos y hermanas, es tan antiguo como nuestro pueblo.

La advertencia eterna: Amalek

Cuando salimos de Egipto, agotados de 210 años de esclavitud, sin ejército, sin tierra, sin poder, nos atacó Amalek. No por interés económico, no por territorialidad, no porque representáramos una amenaza militar. Nos atacó simplemente porque existimos. Porque somos el pueblo cuya presencia en el mundo proclama moral, conciencia, y fidelidad a D’os.

El odio de Amalek es irracional, existencial, visceral. No pregunta qué hacemos: pregunta quiénes somos. Y por eso la Torá nos ordena recordar eternamente, porque el espíritu de Amalek —aunque cambie de nombre y de rostro— reaparece en cada generación.

Así como en Egipto nos atacó por la espalda, apuntando a los débiles, a los rezagados, a los ancianos y los niños, así también actúan todos aquellos que heredan su camino.

El 7 de octubre: Amalek en nuestra generación

Lo ocurrido el 7 de octubre es una manifestación de ese mismo odio primario y absoluto. Hamás se ha convertido en el Amalek de nuestros días: un enemigo cuyo objetivo declarado no es convivir, sino destruir; no es la paz, sino la aniquilación; no es la vida, sino la muerte.
Y no solo la muerte del judío —sino incluso la de su propio pueblo— si eso sirve para avanzar en su camino de terror.

Durante años, muchos en Israel, en la diáspora e incluso entre nuestros líderes, cayeron en la trampa de pensar que “todos quieren lo mismo que nosotros”: trabajo, salud, educación, tranquilidad, paz. Proyectamos sobre el enemigo nuestras aspiraciones más humanas.
Y la Torá nos advirtió con claridad: no todos los pueblos buscan lo que ustedes buscan.

Cuando una cultura enseña a sus hijos que la aspiración más elevada es morir matando, cuando se utiliza a civiles como escudos humanos, cuando la vida no es un valor sino una herramienta descartable, no estamos ante un conflicto territorial o político. Estamos ante Amalek.

La responsabilidad de nuestra generación

La Torá nos ordena recordar a Amalek no para fomentar odio, sino para fomentar lucidez. No para vivir paralizados por el miedo, sino para vivir despiertos.
Recordar es comprender.
Recordar es prevenir.
Recordar es proteger.
Recordar es no caer otra vez en la trampa de la proyección positiva.

Y más aún: recordar es reafirmar aquello que Amalek intenta destruir — nuestra identidad, nuestros valores, nuestra luz.

Por eso, en estos tiempos, nuestro deber como comunidad es triple:

  1. Vigilar. No permitir que la ingenuidad nos desarme.

  2. Unirnos. Porque cuando Israel está unido, ninguna fuerza logra quebrarlo.

  3. Elevarnos. Transformar el dolor en mitzvá, la incertidumbre en tzedaká, la angustia en tefilá.

Querida comunidad: nuestra fortaleza no proviene de negar la existencia del mal, sino de enfrentarlo con claridad moral y con la firmeza que nos da la Torá. Así lo hicieron nuestros antepasados. Así lo haremos nosotros.

Y mientras Amalek cambia de nombre, Israel permanece. Somos un pueblo eterno no porque ignoremos el mal, sino porque respondemos a él con fe, con determinación, y con la certeza de que la luz del Eterno nunca será apagada.