Una de las cualidades que más debemos trabajar en nuestra vida es el dominio del enojo. El Rav Avigdor Miller nos recuerda una enseñanza profunda de Kohelet: “Porque la ira reposa en el regazo de los necios”.
Esto no significa que una persona inteligente nunca sienta enojo. Todos podemos sentirlo. La verdadera grandeza está en no permitir que el enojo nos gobierne.
Nuestros Sabios nos enseñan sobre la importancia de ser kovesh et kaaso: conquistar la ira. Una persona puede tener razones para molestarse, puede sentirse herida o injustamente tratada, pero tiene la posibilidad de detenerse y elegir cómo responder.
Y esta enseñanza es especialmente importante dentro del hogar.
Muchas veces, los problemas entre marido y mujer no comienzan por grandes diferencias. Comienzan por una palabra, un tono de voz, una reacción impulsiva o una discusión que podría haberse evitado. El enojo de uno provoca el enojo del otro, y rápidamente una situación pequeña puede transformarse en un conflicto grande.
Por eso, debemos recordar que no toda batalla merece ser peleada.
A veces, ganar una discusión significa simplemente no entrar en ella.

También en nuestro trabajo debemos aprender esta cualidad. Una reacción impulsiva puede destruir en segundos aquello que nos llevó años construir. Podemos perder una oportunidad, una relación o incluso un empleo simplemente porque no supimos controlar nuestras palabras en un momento de enojo.
La persona fuerte no es aquella que consigue que los demás tengan miedo de ella. La verdadera fortaleza es poder dominarse a sí misma.
Cuando alguien nos provoca, tenemos una elección: responder desde el enojo o responder desde la inteligencia y la dignidad.
La diplomacia muchas veces consigue aquello que la fuerza jamás podrá conseguir. Como dice el conocido proverbio: “Se cazan más moscas con miel que con vinagre”.
Querida comunidad, hagamos de este mensaje un pequeño desafío para nuestra vida cotidiana.
La próxima vez que sintamos que el enojo está subiendo, detengámonos unos segundos antes de hablar. Respiremos. Pensemos. Y preguntémonos:
¿Esta respuesta va a solucionar el problema o solamente va a aumentar el conflicto?
Quizás ese pequeño instante de silencio sea precisamente nuestro mayor acto de avodat Hashem.
Que Hashem nos ayude a conquistar nuestro enojo, a cuidar nuestras palabras y a construir hogares y relaciones llenos de respeto, paciencia y shalom.
Porque muchas veces, la verdadera victoria no consiste en vencer al otro.
Consiste en vencernos a nosotros mismos.













