La Torá Es Dulce

Querida comunidad:

A veces podemos vivir la Torá como una lista de obligaciones.

Hay que rezar.

Hay que estudiar.

Hay que cumplir mitzvot.

Hay que cuidar el Shabat.

Hay que hacer esto y aquello.

Y cuando miramos solamente desde ese lugar, es posible que la Torá comience a sentirse como una carga.

Pero quizás estamos mirando la Torá desde el lugar equivocado.

Porque la Torá no vino solamente a decirnos qué debemos hacer.

Vino a enseñarnos cómo vivir.

Y cuando comenzamos a descubrirla de verdad, aparece algo maravilloso: la Torá puede convertirse en una fuente de dulzura.

El problema no siempre está en la Torá.

A veces el problema está en que todavía no aprendimos a sentir su sabor.

Cuando todavía no sentimos el gusto

Hay una hermosa enseñanza atribuida a Rab Yaakov Kaminetzky.

En el Bar Mitzvá de su nieto, preguntó cómo era posible que un niño pudiera estudiar Guemará antes de los 13 años, si según nuestros Sabios el Yetzer Hatov comienza a desarrollarse a esa edad.

Después de dejar a todos pensando, dio una respuesta sencilla:

Si entramos a una habitación llena de niños y preguntamos:

“¿Quién quiere un chocolate?”

todos levantan la mano.

Nadie necesita convencerlos.

¿Por qué?

Porque cuando algo es verdaderamente dulce, no hace falta obligarnos a quererlo.

Y esa es una de las grandes enseñanzas sobre la Torá.

Cuando una persona logra descubrir su dulzura, el estudio deja de sentirse solamente como una obligación.

Empieza a convertirse en un deseo.

Pero ¿qué pasa cuando no sentimos esa dulzura?

Hay personas que estudian y sienten alegría.

Y hay otras que se sientan frente a un libro y solamente sienten cansancio.

Entonces aparece una pregunta sincera:

“Si la Torá es tan dulce, ¿por qué yo no la siento así?”

Una de las respuestas que encontramos en este texto es muy profunda.

Imaginemos una persona invitada a un gran banquete. La mesa está llena de los mejores alimentos. Pero antes de sentarse, come algo extremadamente picante o amargo.

Cuando comienza el banquete, ya no puede percibir correctamente los sabores.

La comida no dejó de ser deliciosa.

Su paladar fue alterado.

Algo parecido puede ocurrir con nuestra vida espiritual.

Podemos llenar nuestra mente durante horas con estímulos, preocupaciones, distracciones y satisfacciones externas, y después pretender sentarnos cinco minutos frente a un libro de Torá y sentir inmediatamente una profunda conexión.

Quizás no sea que la Torá perdió su sabor.

Quizás nuestro interior necesita recuperar la capacidad de saborearlo.

Mará: cuando la vida se vuelve amarga

La Torá nos cuenta que después de la salida de Egipto, el pueblo llegó a Mará y no pudo beber sus aguas porque eran amargas.

Los Sabios encuentran en este episodio una enseñanza relacionada con la Torá.

Cuando una persona se aleja de la Torá y de las mitzvot, también puede comenzar a experimentar la vida desde otro lugar.

Todo parece más pesado.

Todo molesta.

Todo cuesta.

Y entonces aparece la pregunta:

¿Cómo volvemos a endulzar nuestra vida?

La respuesta aparece en el mismo relato.

Hashem le muestra a Moshé un árbol. Moshé lo arroja al agua y las aguas se vuelven dulces.

La enseñanza es poderosa:

La Torá y las mitzvot pueden transformar aquello que sentimos como amargo.

No necesariamente porque desaparezcan las dificultades, sino porque cambia la manera en que las atravesamos.

La vida sigue teniendo desafíos.

Pero ya no los vivimos de la misma manera.

Una mitzvá no es solamente una obligación

Hay algo muy hermoso en las bendiciones que pronunciamos antes de cumplir muchas mitzvot.

Decimos:

“Asher kideshanu bemitzvotav…”

“Que nos santificó con Sus mitzvot…”

Nuestros Sabios encuentran también una relación entre la palabra Asher y Osher, dicha.

Qué idea tan hermosa:

Cumplir una mitzvá no debería ser solamente algo que hacemos porque estamos obligados. También puede ser una fuente de dicha.

Ponernos los tefilín.

Vestirnos con tzitzit.

Rezar.

Dar tzedaká.

Estudiar Torá.

Encender las velas de Shabat.

Cada una de esas acciones puede convertirse en un momento de conexión con Hashem.

La pregunta no es solamente:

“¿Tengo que hacerlo?”

También podemos preguntarnos:

“¿Qué regalo hay detrás de esto?”

El regalo de un hijo a su padre

El texto cuenta la historia de un padre que celebraba sus 50 años.

Cada hijo debía llevarle un regalo.

Uno llevó un libro.

Otro, una lapicera.

Otro, una agenda.

Pero cuando llegó el turno de su hijo de 14 años, el joven se acercó con las manos vacías.

Y dijo:

“Papá, pensé cuál podía ser el regalo que más felicidad te daría. Y como durante toda mi vida me enseñaste que la Torá es lo más dulce y que estudiarla es uno de los mayores regalos que puede recibir una persona, decidí regalarte mi estudio.”

Ese día estudió durante ocho horas.

Ese fue su regalo.

Qué mensaje tan profundo.

El muchacho había comprendido algo que quizás nosotros olvidamos:

Una de las maneras más grandes de honrar a quienes amamos es convertir en realidad aquello que nos enseñaron con su ejemplo.

La Torá transforma

El Rey David dice en Tehilim:

“Umetukim midvash venofet tzufim”,

“más dulces que la miel y que el destilar de los panales”.

¿Por qué comparar la Torá con la miel?

Porque la miel tiene una característica particular: puede impregnar aquello que entra en ella.

Y esa imagen nos enseña algo hermoso.

Cuando una persona se acerca verdaderamente a la Torá, la Torá no solamente llena su cabeza de conocimientos.

Puede transformar su carácter.

Puede cambiar la manera en que habla.

La manera en que piensa.

La manera en que trata a los demás.

La manera en que enfrenta una dificultad.

La manera en que mira su propia vida.

La dulzura de la Torá no está solamente en disfrutar de una clase interesante.

Está en permitir que aquello que estudiamos nos transforme por dentro.

Encontrar el gusto

Quizás por eso una de las mejores bendiciones que podemos darle a una persona que comienza a estudiar Torá no sea solamente:

“Que estudies mucho”.

Sino:

“Que tengas el mérito de sentir el gusto de la Torá.”

Porque cuando encontramos ese gusto, algo cambia.

Lo que antes parecía pesado comienza a tener sentido.

Lo que antes parecía una obligación comienza a convertirse en un vínculo.

Lo que antes requería esfuerzo comienza a despertar deseo.

Y entonces entendemos que la pregunta no es solamente cuánto estudiamos.

También debemos preguntarnos:

¿Qué está produciendo la Torá en mí?

¿Me está haciendo más paciente?

¿Más generoso?

¿Más humilde?

¿Más consciente?

¿Más cercano a Hashem?

Porque esa es quizás la verdadera dulzura.

Hashem le da sabor a nuestra vida

Al final del texto aparece una imagen sencilla, pero muy profunda.

Un niño explica que Hashem es como el azúcar dentro de la leche.

No podemos verlo.

Pero podemos sentir su presencia porque cambia completamente el sabor.

Quizás así también es nuestra relación con Hashem.

No siempre podemos comprender todo.

No siempre tenemos respuestas.

No siempre entendemos por qué suceden las cosas.

Pero cuando Hashem está presente en nuestra vida, algo cambia.

La vida adquiere otro sabor.

Y quizás eso es lo que significa descubrir la dulzura de la Torá:

No solamente estudiar más.

Sino permitir que la Torá entre en nuestra vida hasta que transforme aquello que tocamos.

Que Hashem nos dé el mérito de estudiar Torá con alegría, de cumplir las mitzvot con amor y, sobre todo, de sentir su dulzura.

Que podamos descubrir que la Torá no vino a quitarnos sabor a la vida.

Vino a enseñarnos cuál es su verdadero sabor.