Una vez más, las sirenas interrumpen la rutina. Una vez más, corremos hacia los refugios, mientras el corazón late fuerte y los pensamientos se entremezclan con súplicas. En el refugio, niños pequeños que aún no comprenden del todo lo que sucede se aferran a los adultos. Más de veinte almas inocentes, algunas recitando Tehilim, otras simplemente en silencio. Todos compartiendo la misma incertidumbre… y la misma fe.
Cuando finalmente se nos indica que podemos regresar a nuestros hogares, una sensación profunda de alivio y gratitud a Hashem llena el aire. No hay palabras que alcancen para describir ese instante.
Sabemos bien que desde hace días, cientos de misiles fueron lanzados desde Irán hacia nuestra tierra. Y sin embargo, gracias a la misericordia del Todopoderoso, ninguno alcanzó su blanco. Todos fueron interceptados antes de causar daño. Un milagro tras otro, ante nuestros propios ojos.
Pero no todos quisieron reconocerlo. Algunos aún atribuyen estos hechos a la tecnología, a la estrategia militar, o a la “fuerza de nuestras manos”.

Y entonces comenzaron a caer misiles en territorio israelí. Uno impactó en el aeropuerto Ben Gurión. Un lugar habitualmente concurrido, que en ese momento estaba vacío. No hubo víctimas. Ni siquiera heridos. Otro misil cayó esta mañana en el único hospital del sur de Israel, una verdadera ciudad médica. ¿El resultado? El impacto fue directo sobre el edificio de cirugía, evacuado el día anterior. No había nadie. El resto del hospital fue evacuado a tiempo. Otra vez: ningún fallecido.
Un misil cayó también sobre un colegio en Bnei Berak. Un colegio normalmente lleno de niños, pero que por las circunstancias actuales estaba vacío. Alrededor, edificios repletos de familias. El proyectil cayó justo sobre el colegio desierto.
Amados miembros de la comunidad: ¿Cuántos milagros más necesitamos para despertar?
Hashem no deja de hablarnos. Nos protege. Nos acompaña. Pero debemos abrir los ojos, reconocer Su mano y agradecer desde lo más profundo.
Al comienzo, nos mostró Su poder deteniendo los misiles en el aire. Luego, permitiendo que caigan sin causar víctimas. ¿Y ahora? Hay heridos, familias golpeadas, dolor visible. No porque haya cesado Su bondad, sino porque no hemos sabido responder con la debida gratitud.
Le pido a cada uno de ustedes que reflexione. Que vea la historia con los ojos del alma. Que comprendamos que estos no son hechos fortuitos. Son llamados del Cielo.
Termino con el Mizmor LeTodá, el Salmo 100, que recitamos para expresar nuestra gratitud:
“Salmo de agradecimiento. Aclamad al Eterno, toda la tierra. Servid al Eterno con alegría, venid ante Él con cánticos. Sabed que el Eterno es D’s; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos. Pueblo Suyo somos, y ovejas de Su prado. Entrad por Sus portones con gratitud, por Sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid Su Nombre. Porque el Eterno es bueno, para siempre es Su misericordia, y Su fidelidad por todas las generaciones.”
Que el Todopoderoso siga protegiendo a Su pueblo. Que aprendamos a ver y valorar cada milagro. Y que sepamos responder con unidad, con teshuvá, con tefilá y con emuná.













