Nuestros Sabios nos enseñan que la jojmá, la verdadera sabiduría, no se mide por la cantidad de conocimientos que una persona acumula, sino por su capacidad de abrirse, de preguntar y de reconocer aquello que aún no sabe. En el pensamiento judío, el sabio no es quien se presenta como dueño de la verdad, sino quien mantiene su alma receptiva, humilde y en constante búsqueda. La Mishná lo expresa con claridad: “¿Quién es sabio? Aquel que aprende de todos”. Esta definición nos desafía, porque rompe con la idea común de que la sabiduría es superioridad intelectual y nos muestra que, en realidad, es una actitud interior.
Vemos este rasgo encarnado en Moshé Rabenu, el más grande de nuestros líderes, descrito por la Torá como el más humilde de los hombres. Su grandeza no residía solo en su conocimiento, sino en su disposición a detenerse, observar y preguntar, incluso frente a algo que otros hubieran pasado por alto, como la zarza ardiente. Esa curiosidad sincera, nacida de la humildad, fue la que lo convirtió en el maestro del pueblo de Israel. No es casual que la palabra hebrea jojmá pueda leerse como koaj má, la fuerza de preguntar “¿qué?”. La sabiduría comienza cuando reconocemos que no lo sabemos todo.
Esta idea atraviesa toda nuestra tradición. El judaísmo no solo permite las preguntas: las celebra. El Séder de Pésaj gira en torno a ellas, y la educación judía se construye sobre la base de enseñar a formular buenas preguntas, no solo a repetir respuestas. Quien pregunta demuestra interés, vida espiritual y deseo de crecer. Por eso nuestros Sabios valoraron siempre más la curiosidad que la rigidez, más la apertura que la certeza absoluta.

Incluso en las grandes discusiones halájicas encontramos esta enseñanza. La ley siguió mayormente a la Escuela de Hilel, no porque fueran más brillantes intelectualmente que la de Shamai, sino porque eran humildes, escuchaban otras opiniones y estaban dispuestos a reconsiderar. Comprendieron que la verdad se revela cuando uno es capaz de hacer espacio para el otro. La obstinación y la soberbia, en cambio, cierran el camino al aprendizaje y alejan a la persona de la auténtica sabiduría.
Por eso, nuestros Sabios describen al erudito como un talmid jajam, un “estudiante sabio”. Es una expresión profundamente significativa: aun el más grande debe verse a sí mismo como un aprendiz permanente. Cuando una persona está llena de sí misma, no hay lugar para que algo nuevo ingrese. Solo quien vacía su orgullo puede llenarse de Torá.
Que este mensaje nos acompañe en nuestra vida cotidiana. Que sepamos acercarnos al estudio, a las personas y a los desafíos con humildad, con preguntas sinceras y con la conciencia de que siempre hay más por aprender. Así, paso a paso, podremos crecer no solo en conocimiento, sino en profundidad espiritual y en verdadera sabiduría.













