Esta semana leemos la Perashat Koraj, una sección de la Torá que nos revela uno de los peligros más grandes para el crecimiento espiritual: la envidia y la constante comparación con los demás.
Koraj no era una persona común. Era rico, influyente y ocupaba una posición de gran honor dentro del pueblo de Israel. Sin embargo, todo lo que poseía dejó de tener valor a sus ojos porque enfocó su atención en aquello que no tenía. En lugar de agradecer los dones que Hashem le había concedido, comenzó a compararse con Moshé Rabenu y Aharón HaCohén. Esa comparación lo llevó a la rebelión y, finalmente, a su caída.
La Torá nos enseña una lección eterna. Muchas veces la persona deja de apreciar sus bendiciones porque observa constantemente los logros de otros. Ve el éxito ajeno, la familia ajena, la situación económica ajena o las capacidades ajenas, y olvida todo lo que Hashem le otorgó personalmente.
Nuestros Sabios enseñan que la verdadera competencia no es con el vecino, el compañero o el amigo. La única comparación válida es con la persona que fuimos ayer. La pregunta no es si somos mejores que otros, sino si estamos utilizando los talentos y las oportunidades que Hashem nos entregó.

Se cuenta sobre el santo Rab Zusha que decía: “Cuando llegue al Cielo no me preguntarán por qué no fui como Moshé Rabenu. Me preguntarán por qué no fui como Zusha”. Cada alma tiene una misión única y herramientas únicas para cumplirla.
Cuando dejamos de compararnos con los demás y comenzamos a valorar nuestras propias bendiciones, nuestro corazón se llena de gratitud. Y cuando hay gratitud, desaparece la envidia. Entonces podemos alegrarnos sinceramente por el éxito de otros y concentrarnos en nuestra propia misión.
Que en esta Perashat Koraj tengamos el mérito de reconocer las bendiciones que Hashem nos ha dado, de desarrollar nuestros propios talentos y de recordar que nuestro verdadero desafío no es ser como otra persona, sino convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos.













