Existe una conocida imagen de tres monos: uno se tapa los ojos, otro los oídos y otro la boca. Aunque parezca una simple ilustración, encierra una profunda reflexión para nuestra generación.
A veces también nosotros podemos actuar de esa manera. Hay quienes prefieren no ver nada relacionado con su herencia judía, otros no desean escuchar sobre ella, y otros evitan expresarla o vivirla. Sin embargo, el judaísmo nos enseña precisamente lo contrario: abrir los ojos para aprender, abrir los oídos para escuchar y abrir la boca para transmitir.
Vivimos en un mundo donde resulta fácil copiar modelos externos sin detenernos a pensar si realmente reflejan nuestros valores. La Torá nos recuerda que el ser humano fue creado con la capacidad de reflexionar, discernir y elegir. Nuestra misión no es imitar, sino descubrir quiénes somos realmente.
Somos herederos de una cadena que comenzó con Abraham Avinu y que atravesó generaciones enteras. Muchos de nuestros antepasados sacrificaron comodidad, bienestar e incluso sus vidas para preservar la identidad judía. Hoy el desafío es diferente: no enfrentamos la persecución de otras épocas, sino el riesgo de olvidar quiénes somos.
Por eso debemos fortalecer nuestro conocimiento, nuestra conexión con la Torá y nuestro sentido de pertenencia. Cuanto más conocemos nuestras raíces, más fuerte se vuelve nuestra identidad y más capaces somos de transmitirla a las próximas generaciones.
Que tengamos el mérito de no taparnos los ojos, los oídos ni la boca frente a nuestra herencia, sino de vivirla con orgullo, estudiarla con profundidad y compartirla con alegría.














