La Esencia del Yehudí

Si tuviéramos que definir en una sola palabra la esencia del pueblo de Israel, nuestros Sabios nos enseñarían que esa palabra es: agradecimiento.

No es casualidad que seamos llamados Yehudim. Nuestro nombre proviene de Yehudá, el cuarto hijo de nuestra madre Leá. Cuando ella lo sostuvo por primera vez en sus brazos exclamó: “Esta vez agradeceré a Hashem.” En ese instante nació no solamente un hijo, sino también la identidad espiritual que acompañaría a nuestro pueblo por todas las generaciones.

Podríamos preguntarnos: ¿acaso nuestros patriarcas no agradecieron antes que Leá? Sin duda lo hicieron. Abraham Avinu reconoció constantemente la bondad del Creador e incluso enseñó a quienes visitaban su hogar a dirigir toda gratitud únicamente hacia Hashem. Sin embargo, Leá nos enseñó una dimensión aún más elevada.

Ella comprendió que el cuarto hijo era un regalo que superaba toda expectativa. No lo consideró un derecho ni el resultado de sus propios méritos. Lo recibió como un obsequio del Cielo. Y precisamente allí reside la diferencia entre quien simplemente recibe y quien verdaderamente agradece.

Muchas veces el ser humano se acostumbra a las bendiciones que lo rodean. Considera natural despertar cada mañana, respirar, caminar, tener una familia, una mesa servida o la posibilidad de estudiar Torá. Cuando pensamos que todo nos corresponde, el agradecimiento desaparece silenciosamente de nuestro corazón.

La Torá nos invita a vivir de otra manera. Cada nuevo día, antes incluso de pronunciarnos nuestro propio nombre, decimos: “Modé Aní Lefaneja”. Las primeras palabras de un Yehudí no hablan de preocupaciones, obligaciones o proyectos; hablan de gratitud. Antes de pedir, aprendemos a agradecer.

Nuestros Sabios enseñan que el pueblo de Israel posee un privilegio extraordinario: podemos alabar a Hashem en cualquier momento. No necesitamos esperar un milagro evidente para reconocer Su bondad. Cada respiración, cada oportunidad de hacer una mitzvá, cada instante junto a nuestros seres queridos ya constituye un motivo suficiente para elevar una plegaria de agradecimiento.

Incluso enseñan que en los tiempos de la Gueulá desaparecerán muchos sacrificios, pero el sacrificio de agradecimiento permanecerá para siempre. ¿Por qué? Porque cuanto más cerca estemos de Hashem, mayor será nuestra capacidad de reconocer todo el bien que constantemente recibimos de Él.

El verdadero Yehudí no vive preguntándose qué le falta, sino descubriendo cuánto ya posee. No mide su vida por aquello que aún no alcanzó, sino por las innumerables bondades que Hashem derrama sobre él cada día.

Vivimos tiempos en los que es fácil enfocarnos en las dificultades, las preocupaciones y las carencias. Sin embargo, una persona agradecida desarrolla una mirada distinta. Aprende a encontrar la presencia de Hashem incluso en los pequeños detalles de la vida cotidiana. Y quien vive con gratitud vive también con mayor alegría, mayor serenidad y mayor confianza en el Creador.

Que podamos fortalecer esta cualidad que define nuestra identidad como pueblo. Que nuestras palabras, nuestras tefilot y nuestras acciones reflejen un corazón agradecido. Y que nunca olvidemos que el mayor regalo no es solamente recibir las bendiciones de Hashem, sino tener el privilegio de reconocerlas y agradecerlas.

Que seamos verdaderos Yehudim, llevando siempre en nuestros labios y en nuestro corazón una sincera expresión de gratitud hacia Aquel que sostiene nuestras vidas en cada instante.