Una de las cualidades más elevadas que la Torá busca desarrollar en cada judío es la sensibilidad. No solamente hacia Hashem y hacia el prójimo, sino también hacia cada acto de bondad que recibimos a lo largo de nuestra vida.
Nuestros Sabios denominan esta virtud Hakarat HaTov, el reconocimiento del bien. No se trata simplemente de decir “gracias”, sino de formar un corazón capaz de apreciar, valorar y recordar todo aquello que otros hacen por nosotros.
La Torá nos ofrece un ejemplo extraordinario cuando Hashem ordena que sea Aharón, y no Moshé Rabenu, quien golpee las aguas del Nilo para dar inicio a algunas de las plagas de Egipto. ¿La razón? Años antes, ese río había servido como refugio para Moshé cuando era un bebé. Evidentemente, el río no tenía conciencia ni intención propia; sin embargo, la Torá quiso enseñar que una persona debe cultivar una sensibilidad tan profunda que jamás olvide el bien recibido, incluso cuando proviene de aquello que no posee voluntad.
Esta enseñanza no busca honrar al río, sino transformar nuestro carácter. Quien aprende a reconocer el bien desarrolla humildad, fortalece sus relaciones y descubre una nueva manera de contemplar la vida.

Con frecuencia nos acostumbramos a las bendiciones que Hashem nos concede y dejamos de percibirlas. Damos por sentado la salud, la familia, el sustento, la posibilidad de caminar, respirar, estudiar Torá o compartir un momento con quienes amamos. Sin embargo, cada uno de estos regalos merece ser reconocido y agradecido.
Nuestros Sabios enseñan que la gratitud es una de las puertas más importantes para acercarse a Hashem. Cuanto más entrenamos nuestra capacidad de apreciar lo que recibimos, más claramente percibimos la inmensa bondad con la que el Creador conduce el mundo. El problema no suele ser la ausencia de bendiciones, sino la falta de sensibilidad para reconocerlas.
Vivimos en una sociedad que muchas veces alimenta la idea de que todo nos corresponde. La Torá, en cambio, nos educa para comprender que todo lo que poseemos es un regalo del Cielo y una oportunidad para servir mejor a Hashem.
Los invito a asumir un pequeño ejercicio durante esta semana. Antes de finalizar cada día, deténganse unos minutos y piensen en tres motivos concretos por los cuales pueden agradecer. Tal vez una palabra de aliento, una comida compartida, una oportunidad de aprender, una sonrisa o simplemente el privilegio de haber vivido un día más.
Quien aprende a agradecer descubre una riqueza que no depende de lo material. Descubre que la alegría nace de un corazón que reconoce el bien, y que la verdadera felicidad consiste en vivir con la certeza de que Hashem acompaña cada instante de nuestra existencia con infinita bondad.
Que Hashem nos conceda el mérito de desarrollar un corazón agradecido, de reconocer Sus innumerables bendiciones y de transmitir a nuestras familias y a nuestra comunidad una vida inspirada en la gratitud, la humildad y la alegría. Amén.













