Hay momentos en la vida en los que una pregunta aparece casi inevitablemente: “¿Por qué me está pasando esto?”
Cuando atravesamos una pérdida, una frustración, una enfermedad, un fracaso o una situación que jamás habíamos imaginado, buscamos una explicación. Queremos entender por qué la vida tomó este camino y no otro.
Pero quizás existe una pregunta diferente, una pregunta que no elimina el dolor, pero que puede ayudarnos a atravesarlo de otra manera:
“¿Para qué puedo transformar esto? ¿Qué significado puedo encontrar en lo que me está pasando?”
No se trata de negar el sufrimiento. Tampoco de decir que todo sucede “por algo” de una manera simplista. Hay dolores que duelen profundamente y situaciones para las cuales no tenemos una explicación.
La pregunta es qué hacemos nosotros frente a aquello que no podemos cambiar.
No siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero sí podemos trabajar sobre el significado que le damos
El escritor y empresario Mo Gawdat atravesó una de las experiencias más dolorosas que puede vivir un padre: la muerte de su hijo Ali.
A partir de esa experiencia desarrolló una reflexión sobre la felicidad y el sufrimiento: muchas veces nuestro dolor no proviene únicamente del acontecimiento, sino también de la distancia entre lo que esperábamos que sucediera y lo que finalmente sucedió.
La vida que imaginábamos tenía un determinado recorrido.
Pensábamos que estaríamos con determinadas personas, que alcanzaríamos determinados objetivos, que ciertas cosas funcionarían de una determinada manera.
Y cuando la realidad se aleja de nuestras expectativas, aparece el sufrimiento.
Pero hay algo que debemos recordar:
No conocemos toda la historia mientras la estamos viviendo.
Muchas veces juzgamos un acontecimiento demasiado rápido porque solamente vemos el capítulo que estamos atravesando.
Quizás años después descubrimos que aquello que en su momento parecía un fracaso abrió una puerta inesperada.
Una persona puede no conseguir el trabajo que deseaba y, a partir de ese rechazo, conocer a alguien que cambiará su vida.
Un proyecto puede fracasar y obligarnos a descubrir capacidades que nunca habíamos desarrollado.
Una pérdida puede modificar nuestras prioridades y enseñarnos a valorar aquello que antes dábamos por sentado.
Esto no significa que debamos llamar “bueno” a todo lo doloroso.
Significa algo más humilde:
No siempre tenemos la capacidad de saber qué significado tendrá un acontecimiento mientras lo estamos atravesando.
Vivir también es interpretar
Hay una frase muy poderosa:
“Vivir es interpretar.”
Los acontecimientos ocurren, pero nosotros construimos una historia alrededor de ellos.
Dos personas pueden atravesar situaciones similares y salir de ellas con conclusiones completamente diferentes.
Una puede pensar:
“Esto demuestra que no soy capaz.”
Otra puede pensar:
“Esto me mostró algo que necesito aprender.”
Una puede quedarse atrapada en:
“Todo me sale mal.”
Otra puede preguntarse:
“¿Qué puedo hacer diferente a partir de ahora?”
La realidad no cambia simplemente porque cambiemos nuestra interpretación.
Pero nosotros sí podemos cambiar.
Y muchas veces ese cambio modifica nuestra manera de vivir la realidad.
Steve Jobs hablaba de la posibilidad de “conectar los puntos” mirando hacia atrás. Mientras estamos viviendo determinados acontecimientos, muchas veces no comprendemos cómo se relacionan entre sí. Solamente con el paso del tiempo podemos mirar hacia atrás y descubrir conexiones que en aquel momento eran invisibles.
Por eso debemos tener cuidado cuando pensamos que sabemos exactamente qué significa un acontecimiento mientras todavía estamos dentro de él.
También la Torá nos enseña que no siempre podemos ver el sentido completo
Hay una enseñanza profunda en el libro de Shemot.
Moshe le pide a Hashem:
“Muéstrame, por favor, Tu gloria.”
Y Hashem le responde:
“Verás Mi espalda, pero Mi rostro no podrá ser visto.”
Hay algo que nuestros Sabios y comentaristas han interpretado a lo largo de las generaciones en este pasaje: hay aspectos de la realidad que solamente podemos comprender después de que han ocurrido.
Mientras estamos frente al acontecimiento, no necesariamente podemos ver toda la imagen.
Después, mirando hacia atrás, quizás comprendemos algo que antes no podíamos comprender.
Esto también puede enseñarnos una actitud frente a las dificultades:
No necesitamos tener todas las respuestas hoy.

Podemos aceptar que hay preguntas que todavía no sabemos responder.
Podemos decir:
“Hoy no entiendo por qué ocurrió esto.”
Y, al mismo tiempo, preguntarnos:
“¿Qué puedo hacer con esto?”
Esa segunda pregunta devuelve algo fundamental: la capacidad de actuar.
El justo también cae
El libro de Mishlé dice:
“Porque siete veces cae el justo, y se levanta.”
La grandeza no está en no caer.
La grandeza está en levantarse.
El versículo no dice que el justo nunca experimenta dificultades. Dice justamente lo contrario: también cae.
La diferencia está en lo que hace después de la caída.
Porque una caída puede convertirse en una definición:
“Soy un fracaso.”
O puede convertirse en una experiencia:
“Esto me ocurrió, pero no determina quién soy.”
Una persona puede perder algo y convertirse únicamente en alguien que perdió.
O puede atravesar una pérdida y preguntarse:
“¿Qué persona quiero ser después de haber vivido esto?”
Ahí comienza la transformación.
Moshe también reinterpretó la historia
Cuando Moshe llega al final de su vida y comienza a repasar la historia del pueblo de Israel, en el libro de Devarim, no se limita a contar nuevamente los acontecimientos como si estuviera leyendo un registro histórico.
Moshe interpreta la historia.
Recuerda errores, conflictos, momentos de fracaso, rebeliones y dificultades. Pero también muestra la presencia de Hashem, la responsabilidad del pueblo y las enseñanzas que deben quedar para el futuro.
Porque recordar no significa solamente decir:
“Esto fue lo que ocurrió.”
Recordar también significa preguntar:
“¿Qué aprendemos de lo que ocurrió?”
Y quizás esa sea una de las grandes tareas de la vida.
No podemos modificar nuestro pasado.
Pero podemos modificar la manera en que el pasado participa de nuestro futuro.
Incluso recordar puede convertirse en una responsabilidad
La Torá nos ordena recordar que fuimos esclavos en Egipto.
No se trata solamente de conservar un dato histórico.
Ese recuerdo debe transformarse en sensibilidad hacia el otro.
“Yo fui extranjero.”
“Yo fui vulnerable.”
“Yo sé lo que significa depender de alguien más.”
Por eso el recuerdo en la Torá no es solamente memoria.
Es memoria que se transforma en conducta.
Y quizás allí encontremos una de las claves más profundas para atravesar nuestro propio dolor.
Lo que vivimos puede quedar simplemente como una herida.
O puede convertirse, con el tiempo y con mucho trabajo interior, en una fuente de sensibilidad, empatía, sabiduría y crecimiento.
También nuestros Sabios buscaron significado
Cuando los Sabios analizaron la destrucción del Templo, no se limitaron a describir solamente los acontecimientos políticos y militares.
Buscaron también una enseñanza moral.
En relación con la destrucción del Segundo Templo, nuestros Sabios hablaron de sinat jinam, el odio gratuito, como una de las raíces espirituales de aquella tragedia.
Mientras otras narraciones podían concentrarse en ejércitos, guerras y decisiones políticas, la tradición rabínica preguntó:
“¿Qué debemos aprender de esto como pueblo?”
Esa pregunta es profundamente judía.
Porque no significa ignorar las causas concretas.
Significa buscar también una enseñanza que nos ayude a construir un futuro diferente.
La pregunta que queda
Quizás no podamos evitar todas las situaciones dolorosas de la vida.
No podemos controlar cada pérdida.
No podemos anticipar cada fracaso.
No podemos saber de antemano qué acontecimientos van a cambiar nuestro camino.
Pero podemos trabajar sobre una pregunta fundamental:
¿Qué voy a hacer con lo que me ocurrió?
¿Qué voy a aprender?
¿Qué voy a cambiar?
¿Qué voy a valorar más?
¿Qué clase de persona quiero ser después de atravesar esto?
El psicólogo Viktor Frankl, quien atravesó experiencias extremas y dedicó gran parte de su obra a la búsqueda de significado, enseñó que incluso frente al sufrimiento existe una dimensión de libertad interior: la posibilidad de encontrar un sentido y decidir cómo responder.
No significa que el dolor deje de existir.
Significa que el dolor no tiene necesariamente la última palabra.
Querida comunidad:
Tal vez no siempre podamos comprender el sentido de lo que nos sucede mientras está sucediendo.
Tal vez algunas preguntas permanezcan abiertas durante mucho tiempo.
Y está bien.
La Torá no nos exige tener todas las respuestas.
Pero sí podemos elegir no quedarnos únicamente con la pregunta:
“¿Por qué me pasó esto?”
Podemos agregar una pregunta más:
“¿Qué puedo construir a partir de esto?”
Porque quizás la vida no consiste solamente en los acontecimientos que nos suceden.
También consiste en la historia que construimos con ellos.
Que podamos tener la fortaleza para atravesar los momentos difíciles, la humildad para reconocer aquello que todavía no comprendemos y la sabiduría para transformar nuestras experiencias en aprendizaje, sensibilidad y crecimiento.
Y que, cuando algún día miremos hacia atrás, podamos descubrir que incluso en aquellos momentos en los que no entendíamos el camino, estábamos construyendo algo que todavía no podíamos ver.













