La más famosa regla de oro de la vida se encuentra en la segunda de las lecturas de la Torá de esta semana (Parashá Kedoshím): “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18) no es sólo famosa, sino que también suena como una orden imposible de cumplir. ¿Puede alguien esperar alcanzar tal nivel de exaltada santidad como para amar a alguien más como se ama a sí mismo? ¿No es la Torá ingenua y completamente no realista?
En realidad los comentarios clásicos luchan con este tema. Algunos sugieren que se nos enseña a actuar como si amaramos al prójimo. Si nos comportamos de esa manera, la emoción real vendrá con el tiempo.
El clásico jasídico, Tania (Capítulo 32) enseña que si uno puede dejar de lado las consideraciones físicas y concentrarse en lo espiritual, realmente estará dentro del reino de lo posible lograr el verdadero amor por el otro. En verdad, nuestros mezquinos gustos y disgustos están basados en las preferencias físicas. Aprobamos o desaprobamos la forma en que otros se ven, hablan, visten, se comportan, etc. Pero esas son preocupaciones materiales. Si sólo recordáramos que son simplemente superficiales, externas, y de poca importancia, no las tomaríamos seriamente.

Lo que más importa es lo espiritual. La verdadera persona no es el cuerpo, sino el alma. La esencia de todo individuo no es la nariz, sino la neshamá. ¿Entonces qué importa si es feo o la madre lo viste ridículamente? Su alma es pura e incontaminada. ¿Quién sabe si el alma del otro no es más grande, santa y más prístina que la mía? Nadie puede decir que su alma es mejor que la del otro.
Concentrándonos en la identidad interior de una persona podemos evitar el irritarnos por su idiosincrasia externa. Podemos pensar en forma extraña de otro, pero nunca podremos acusarlo de tener un alma extraña. Por lo tanto, si podemos elevarnos por encima de lo superficial y concentrarnos en el espíritu antes que en el cuerpo, en la esencia antes que en lo externo, entonces tenemos la oportunidad de observar esta mitzvá fundamental en su sentido literal.
Cuan fácil es caer en la trampa de difamar a la gente, de clasificarla y describirla. ¿Él? ¡Un meshuguener! ¿Ella? ¡Mala hasta la médula! ¿Esa familia? ¡Son insoportables!
Individuos con la reputación más notoria son la mitad de malos de los que son hechos parecer cuando los comenzamos a conocer. Los monstruos humanos realmente son raros. La chispa de humanidad necesita solamente ser despertada y el alma Divina es incitada y revelada.
Así que tratemos y seamos más generosos, un poco más pacientes y perdonadores. Quedaremos sorprendidos de cuan amorosas pueden ser algunas personas.













