A lo largo de nuestra vida escuchamos hablar de milagros. Leemos sobre ellos en la Torá, los encontramos en las palabras de nuestros Sabios y, a veces, incluso oímos relatos contemporáneos que nos conmueven. Frente a esto, suelen surgir dos preguntas fundamentales: ¿realmente necesitamos milagros en nuestras vidas?, y si la respuesta es afirmativa, ¿cómo es posible hacernos merecedores de ellos?
La verdad es que vivimos rodeados de milagros constantemente, aun cuando muchas veces no los reconocemos como tales. Nuestros Sabios comparan tres aspectos centrales de la vida —el matrimonio, el sustento y la salud— con el milagro de la apertura del Mar Rojo. No se trata de una comparación poética, sino de una enseñanza profunda. Un matrimonio que se construye y se sostiene con armonía es un milagro cotidiano. Partir el mar puede ser extraordinario, pero mantenerlo abierto es todavía más difícil; del mismo modo, formar una pareja es solo el comienzo, mientras que conservarla con respeto y estabilidad es el verdadero desafío. El Midrash relata que una princesa preguntó a Rabí Iosef ben Jalaf tá qué hacía Hashem durante todo el día, y él respondió que se ocupa de formar parejas. Ella, con arrogancia, intentó hacerlo por su cuenta y al día siguiente comprobó cuán complejo es unir dos almas sin que surjan conflictos. Entonces entendió que, efectivamente, esto es obra Divina.
Lo mismo ocurre con el sustento. El hecho de tener un hogar, alimento y vestimenta no es algo trivial ni garantizado; es un milagro permanente. Rav Shimshon Pinkus solía decir que abrir la heladera y encontrarla llena es, en sí mismo, un milagro que merece gratitud diaria. Y la salud no es diferente. Cuando analizamos el funcionamiento del cuerpo humano, la digestión, la circulación, la coordinación de los movimientos, comprendemos que estamos viviendo dentro de una maravilla constante. Rav Ierujam de Mir solía decir que si la persona entendiera realmente todo lo que ocurre en su organismo desde que ingiere un alimento hasta que lo asimila, debería avisar a su familia que todo salió bien.

A estos milagros se suma uno de los desafíos más grandes de nuestra generación: criar hijos que caminen por el sendero de la Torá, en un mundo donde la tecnología y las distracciones espirituales son cada vez más fuertes. También lo es cuidar nuestra santidad y nuestros valores en medio de una realidad que muchas veces los contradice.
Sin embargo, antes de preguntarnos cómo lograr milagros, debemos aprender a sentirlos. Rav Ierujam de Mir enseña que el milagro más grande de la apertura del mar no fue el hecho sobrenatural en sí, sino que el pueblo de Israel reconoció que no se trataba de una casualidad. Cada día recibimos milagros enormes, pero el verdadero desafío es no acostumbrarnos a ellos ni explicarlos como simples procesos naturales.
Nuestros Sabios plantean una pregunta profunda: ¿por qué en generaciones pasadas se manifestaban más milagros que en la actualidad? La respuesta no está en la cantidad de Torá estudiada, sino en el nivel de entrega. Las generaciones anteriores estaban dispuestas a sacrificarse por Hashem incluso más allá de lo estrictamente obligatorio. Las generaciones posteriores, aunque cumplidoras, tendían a limitarse a lo mínimo exigido por la ley. Y allí radica la diferencia.
El mensaje de la Guemará es claro y poderoso: cuando una persona se entrega verdaderamente a Hashem, sin cálculos ni condiciones, se vuelve digna de milagros. Pero ese esfuerzo no debe tener como objetivo obtener el milagro. El milagro es una consecuencia, no una meta. Como enseñan nuestros Sabios: quien dice “me esforcé y no logré nada”, no es creíble; quien dice “no me esforcé y logré”, tampoco. Pero quien dice “me esforcé y logré”, a ese sí hay que creerle.
Que sepamos esforzarnos con sinceridad, reconocer los milagros que ya tenemos y confiar en que Hashem guía cada aspecto de nuestra vida. Y que, a través de nuestro compromiso y crecimiento espiritual, seamos merecedores de ver bendición y milagros en todo aquello que emprendamos.













