Vivimos tiempos en los que el odio no siempre se presenta de manera abierta. Hoy, el antisemitismo ha aprendido a ocultarse detrás de palabras ambiguas, ironías, símbolos, números y expresiones aparentemente inocentes, especialmente en el ámbito digital. Lo que antes se decía sin pudor, hoy se disfraza para eludir responsabilidades y sembrar prejuicios de forma silenciosa.
Estas manifestaciones no son casuales ni inofensivas. Son herederas de estigmas antiguos que buscan deshumanizar, negar nuestra historia y reinstalar teorías conspirativas que ya conocemos demasiado bien. Cambia el lenguaje, cambian los formatos, pero el trasfondo es el mismo.

Como judíos, sabemos que la indiferencia nunca ha sido una respuesta válida. Nuestra tradición nos enseña la importancia de reconocer la injusticia, incluso cuando se presenta de forma sutil, y de no normalizar aquello que atenta contra la dignidad humana. Identificar estos códigos es una forma de protegernos y, al mismo tiempo, de proteger a la sociedad en su conjunto.
No se trata de confrontar con violencia ni de caer en provocaciones, sino de actuar con responsabilidad: denunciar cuando corresponde, educar con claridad y fortalecer nuestros vínculos comunitarios. El silencio frente al odio codificado puede convertirse, sin quererlo, en complicidad.
Reafirmamos hoy nuestro compromiso con la memoria, con la verdad y con los valores que nos sostienen como pueblo. Que sepamos responder a estos desafíos con firmeza, con sabiduría y con la profunda convicción de que la luz siempre comienza por el reconocimiento de la verdad.













