Esta semana comenzamos el libro de Devarim, conocido también como Mishné Torá, la repetición de la Torá. Es un libro cargado de enseñanzas, reflexiones y reproches pronunciados por Moshé Rabenu antes de que el pueblo entre a la Tierra Prometida. Una de las frases que leemos en esta parashá es particularmente reveladora:
“Dios escuchó el sonido de sus palabras y se enfureció” (Devarim 1:34).
¿Por qué Moshé menciona el sonido de sus palabras, y no simplemente sus palabras? Porque el tono, la intención, la forma en que uno se expresa, también comunican. Así como los espías hablaron con sarcasmo, torciendo el mensaje de lo que decían, también nosotros debemos cuidar no solo lo que decimos, sino cómo lo decimos. El lashón hará no está limitado a las palabras: también puede expresarse con gestos, tonos o silencios cargados.
Pero hay otra gran enseñanza en esta parashá que deseo compartir: Moshé les recuerda al pueblo que, a pesar de todas sus quejas, “Hashem, tu Dios, estaba contigo, nada te faltaba” (Devarim 2:7).

Vivimos en una época donde la abundancia material no siempre viene acompañada de plenitud espiritual. El rey Shlomó dijo: “Quien ama el dinero, no se saciará de dinero” (Kohelet 5:9), y J. Paul Getty, uno de los hombres más ricos del mundo, cuando le preguntaron cuánto dinero es suficiente, respondió: “Solo un poco más”. La insatisfacción constante es la trampa de quien pone su esperanza en lo material.
En contraste, nuestros sabios —el Steipler, el Jafetz Jaim, entre tantos otros tzadikim— nos enseñaron que quien encuentra contentamiento en lo esencial, vive con alegría verdadera. No porque carecía de deseos, sino porque sabía distinguir entre lo que necesita el cuerpo y lo que necesita el alma.
El Talmud nos enseña que “éste es el camino de la Torá: comer pan con sal y agua medida… y aún así, ¡ser feliz!”. Porque cuando una persona vive con propósito, cuando su corazón está cerca de Hashem, entonces incluso lo poco es mucho.
Queridos amigos, al comenzar Devarim y acercarnos a Tishá BeAv, momento en el que lloramos por la destrucción del Templo y reflexionamos sobre nuestras prioridades como pueblo, es un buen momento para preguntarnos: ¿cuánto es suficiente? ¿Qué lugar ocupa la Torá en nuestras vidas? ¿Qué deseamos realmente: abundancia o propósito?
Que esta parashá nos inspire a hablar con integridad, a vivir con sabiduría y a recordar que cuando Di-s está con nosotros, realmente, no nos falta nada.













