¿Dios Nos Ama?

En estos días en que nos acercamos a Rosh Hashaná y a Iom Kipur, días de juicio y de reflexión profunda, surge en muchos corazones una pregunta esencial: ¿realmente Dios nos ama? La liturgia y la Torá nos enseñan con claridad que sí. “Con un amor eterno te he amado”, decimos cada mañana antes del Shemá, y Moshé recordó al pueblo que la salida de Egipto fue obra del amor divino, incluso cuando el pueblo estaba lejos de merecerlo.

Los Sabios nos transmitieron una enseñanza conmovedora: Dios mismo reza. Su plegaria es que la compasión venza a la severidad, que el amor prevalezca sobre todo juicio. ¿Por qué, entonces, no siempre sentimos ese amor? Porque muchas veces somos nosotros quienes bloqueamos esa corriente, con sentimientos de indignidad, con la idea equivocada de que Dios busca castigarnos, o con la incapacidad de reconocer el amor incondicional.

Incluso frente al dolor y a la tragedia, como tantas veces nos ha tocado vivir como pueblo, la mirada judía nos invita a abrir los ojos y ver que el amor de Dios no desaparece. Rachel Goldberg-Polin, en medio del duelo por su hijo Hersh, supo agradecer a Dios por el privilegio de haberlo tenido durante 23 años. Ese gesto de gratitud revela que la compasión divina siempre es más grande que cualquier sufrimiento.

El desafío de estas jornadas de teshuvá no es vivir con miedo al juicio, sino con la certeza de que Dios quiere lo mejor para nosotros. No se trata sólo de corregir nuestras faltas por temor al castigo, sino de profundizar una relación de amor. Como en un buen matrimonio, mejorar la relación no nace del miedo, sino del deseo de acercarse más al otro.

El judaísmo nos enseña a notar la bondad en lo cotidiano. Cada bendición antes de un alimento, cada agradecimiento por lo más simple, como recuperar fuerzas tras el descanso o incluso poder cumplir con necesidades básicas, nos entrena a reconocer que todo es un regalo del Creador.

La enseñanza final es clara: Dios desea colmarnos de bendiciones más allá de lo que merecemos. Sólo depende de nosotros abrirnos a ese amor, quitar las barreras que hemos levantado y recibir la lluvia de bondad que Él derrama cada día. Rosh Hashaná e Iom Kipur nos recuerdan que no comparecemos ante un juez distante, sino ante un Padre que nos ama y que espera de nosotros no miedo, sino apertura, gratitud y un sincero deseo de crecer.