Esta semana leemos la parashá Behaalotejá, y entre sus muchos mensajes aparece una escena breve pero profundamente significativa: Miriam, la hermana de Moshé, es castigada con tzaraat (una forma espiritual de lepra) por haber hablado de su hermano. A pesar de que sus palabras no fueron maliciosas ni con intención de dañar, el hecho de hablar sin el conocimiento completo de la situación fue considerado Lashon Hará, habla negativa.
Este episodio nos recuerda algo fundamental: nuestras palabras importan. Lo que decimos —y cómo lo decimos— puede tener un impacto duradero. Las palabras pueden construir o destruir, unir o separar. Y como enseña el Talmud, quienes se entregan constantemente al Lashon Hará se alejan de la presencia divina, de la Shejiná.

Pero hay esperanza. En las últimas décadas, gracias a la influencia del Jafetz Jaim (Rab Israel Meir Kagan, 1838–1933), ha crecido la conciencia sobre este tema. Cada vez más personas buscan cuidarse al hablar, eligiendo la contención, la empatía y la verdad con amor.
Hay dos caminos para cuidar nuestras palabras. Uno es la autodisciplina: resistir la tentación del chisme, elegir el silencio cuando no suma, entrenar la mente para guiar al corazón. El otro camino es más activo: usar nuestras palabras para bendecir, consolar, agradecer, defender, enseñar, motivar.
Que esta parashá nos inspire a reflexionar sobre el poder que tenemos cada día al abrir la boca. Que sepamos ser una fuente de luz, de unión y de bendición.
Porque hablar con cuidado… también es un acto de amor.













