¿Por qué recordamos esta herida hasta hoy mediante la prohibición del guid hanashé, el nervio ciático? Porque la Torá no nos enseña historia como simple memoria, sino como lección viva. Nuestros sabios explican que la herida de Iaacov representa los sufrimientos que el pueblo judío experimentaría en manos de las naciones; persecuciones, exilios, intentos de erradicación. El pueblo judío ha sido golpeado en su “muslo”, debilitado y lastimado… pero jamás destruido. La prohibición del nervio ciático nos recuerda que los ataques pueden causar dolor, pero no el final. Iaacov sobrevivió y caminó hacia su destino. Así también Am Israel seguirá adelante hasta la redención final.
Las fuentes del Zóhar profundizan este simbolismo: los 365 preceptos negativos corresponden a los 365 tendones del cuerpo y a los 365 días del año. El guid hanashé, enseñan, corresponde a Tishá BeAv, el día en que nuestros enemigos lograron causarnos el mayor daño: destrucción, exilio, fuego y lágrimas. Y aun así, nuestros sabios proclaman que llegará el día en que Tishá BeAv será transformado en un día de alegría. De la misma manera en que Iaacov salió de la noche herido pero victorioso, así el pueblo judío emergerá íntegro en el final de los tiempos.

Permítanme compartir con ustedes una enseñanza que, con humildad, confirma esta verdad. Rav Mattitiahu Salomon relató la historia de un periodista judío que visitó la ciudad de Wallsend en Inglaterra, última piedra del muro construido por Adriano, el emperador romano. Ese muro, símbolo de poder y conquista, hoy no es más que un montón de piedras cubiertas de musgo. En ese mismo día, el hombre viajó a Gateshead para recitar Kadish por su padre y vio a estudiantes analizando las palabras de Rabí Akiva. Recordó entonces que el mismo Adriano que levantó aquel muro ordenó la muerte de Rabí Akiva. ¿Qué quedó de Adriano? Polvo, ruinas, restos olvidados. ¿Qué quedó de Rabí Akiva? Torá eterna, generaciones que estudian su sabiduría, voces que aún discuten sus enseñanzas con fervor. Este periodista escribió luego: los imperios pasan, la fuerza bruta desaparece, pero la luz de la Torá permanece.
Ese es el secreto de la supervivencia judía. No nuestra fuerza militar, no los muros ni las armas, sino la Torá y la fidelidad a nuestro pacto con el Creador. Podemos tropezar, podemos renguear, pero nunca abandonamos el camino. Cada golpe que la historia nos dio fue acompañado por un amanecer. Cada intento de destruirnos ha sido frustrado por la voluntad divina y la resiliencia del alma judía.
En esta semana de Vaishlaj, aprendamos de Iaacov a no temer la noche. Aprendamos que incluso cuando el ángel de Esav nos hiere, el sol volverá a brillar. No somos un pueblo definido por la derrota, sino por la permanencia. Generación tras generación, seguimos caminando hacia la promesa, con el corazón firme y la fe encendida. Que el recuerdo del guid hanashé no sea símbolo de dolor, sino de esperanza: la herida no fue la derrota, sino la prueba de que la lucha no nos quebró. Am Israel jai — el pueblo judío vive y vivirá por siempre.