Emociones Vacías

Vivimos en tiempos en los que pareciera que no alcanza con estar bien. Se nos empuja constantemente a “sentir más”, “hacer algo distinto”, “buscar experiencias intensas”. En el fondo, es la búsqueda de emociones. Pero debemos preguntarnos con honestidad: ¿esas emociones traen verdadera alegría, o son un ruido que tapa el silencio interior?

Rav Avigdor Miller solía decir que muchas veces el deseo de emociones fuertes no es más que una señal de vacío. Una persona hambrienta se emociona al ver comida. Una persona enferma se emociona cuando sana. Pero alguien que ya tiene todo —salud, familia, sustento, techo, Torah— y aun así sale a buscar “emociones”, está diciendo sin palabras: no estoy conforme.

Y es ahí donde empieza el problema.

“¿Querés emociones?”, decía Rav Miller, “Hakadosh Baruj Hu te las puede dar”. Pero no necesariamente las que deseás. Un resbalón en la nieve, una fiebre en un país exótico, una noche de insomnio por una decisión apurada. Cuántas veces el deseo de romper la rutina termina trayendo dolor, cuando en realidad la rutina misma —una cena familiar, una tefilá con intención, un momento de paz— es el mayor regalo.

Nuestra generación confunde excitación con alegría. Pero el judaísmo nos enseña algo diferente: “¿Quién es rico? Aquel que se alegra con lo que tiene” (Pirkei Avot 4:1). La verdadera felicidad no está en cambiar de estado, sino en poder reconocer la grandeza del estado en el que ya estamos. La salud, la tranquilidad, la Torah, el Shabat, los hijos, la paz del hogar. Eso no es poco. Eso es mucho. Eso, dice Rav Miller, es la mayor emoción que existe.

Queridos amigos, no nos dejemos arrastrar por una cultura que nos vende el vértigo como sinónimo de plenitud. Busquemos en cambio el gozo silencioso de una vida con propósito, con gratitud y con sentido. Ahí se esconde la verdadera alegría. Todo lo demás… es emoción vacía.