Esta semana leemos la Perashá Miketz, en la cual la Torá nos presenta uno de los momentos más intensos del relato de Iosef y sus hermanos. En este episodio, Iosef —ya convertido en virrey de Egipto— envía a su hijo a confrontar a sus hermanos acusándolos de haber robado su copa especial. Es en ese contexto donde aparece una expresión que llama profundamente la atención: la copa es descrita como aquella “en la que bebe mi señor y con la que suele adivinar – najesh ienajesh”.
Más adelante, cuando los hermanos son llevados nuevamente ante su presencia, Iosef vuelve a insistir en la importancia de aquella copa, como si su capacidad de liderazgo dependiera de ese supuesto poder de adivinación.
Nuestros Sabios preguntan: ¿por qué Iosef —el tzadik, el visionario, el hombre íntegro— pone tanto énfasis en un elemento de hechicería? ¿Por qué quiere transmitir a sus hermanos que confía en algo tan ajeno a la fe de la Casa de Israel?
Para entender esto, Rav Shimshon Rafael Hirsch analiza en profundidad el concepto de nijush. La palabra proviene de najash, serpiente. El movimiento de la serpiente es torcido, sinuoso, alejado del camino recto. Y es justamente eso lo que representa la hechicería: la búsqueda de atajos, la ilusión de conseguir resultados sin pasar por el proceso natural de esfuerzo, trabajo, crecimiento y mérito.

En el mundo de la Torá, la ley de causa y efecto es clara:
– quien trabaja, logra;
– quien cultiva bondad, recibe bondad;
– quien se esfuerza espiritualmente, crece.
En cambio, la mentalidad egipcia —explica Rav Frand— buscaba “vencer al sistema”: obtener beneficios inmerecidos, atribuir el éxito al destino, a los astros, a la magia, antes que al trabajo y a la responsabilidad moral.
Iosef, para mantener su identidad oculta ante sus hermanos, debía presentarse como un verdadero egipcio. Y un egipcio exitoso se atribuía su grandeza a fuerzas ocultas, no al esfuerzo ni a la Providencia Divina. Por eso enfatiza la copa, su supuesto poder, su capacidad de adivinar. Todo ello formaba parte de su estrategia para sostener la ilusión y poner a prueba a sus hermanos.
Sin embargo, esta enseñanza también nos habla a nosotros.
El peligro de los atajos “espirituales”
Incluso dentro del pueblo judío puede surgir la tentación de aferrarse a segulot, amuletos, fórmulas rápidas o promesas de alivio inmediato, como si existieran accesos mágicos a la bendición. Rav Itzjak Berkovitz señala que este enfoque distorsiona el propósito profundo de las pruebas que Hashem nos envía.
Las dificultades no vienen para que corramos detrás de una segulá que “resuelva el problema”.
Las dificultades vienen para fortalecernos, para hacernos crecer, para pulir nuestras midot.
Esto no significa —aclara— que toda segulá sea negativa. Pero sí implica que el centro no debe estar en ellas, sino en nuestro propio trabajo espiritual.
Hay una anécdota hermosa: un joven recién casado consultó a un gran Sabio buscando una segulá para mejorar el shalom bait, especialmente en la víspera de Shabat, cuando el estrés aumenta. El Sabio le respondió:
“Toma un escobillón y ayuda a limpiar la casa.”
El mensaje era claro: las segulot más poderosas son aquellas que requieren esfuerzo, humildad, dedicación y crecimiento personal.
La lección de Miketz
En esta parashá, Iosef nos enseña que el éxito verdadero no proviene de atajos, sino de prepararse, trabajar, actuar con integridad y confiar en la guía del Creador. La magia puede ser seductora porque promete resultados sin esfuerzo, pero el camino de Israel es recto, claro y profundo.
En una época en la que muchos buscan respuestas rápidas y soluciones inmediatas, Miketz nos recuerda que la bendición duradera nace del esfuerzo genuino, del estudio, de la mitzvá sincera y del corazón humilde.













