La parashá de esta semana, Ki Tavó (Deuteronomio 26:1–29:8), nos enseña lecciones profundas sobre la vida en la Tierra de Israel y la relación del pueblo judío con Dios. En ella encontramos instrucciones sobre la entrega de las primicias, la observancia de las festividades y, especialmente, la importancia de servir a Dios con alegría.
Es fundamental distinguir entre felicidad y simjá. La felicidad es un estado de bienestar individual, sereno y estable; la simjá, en cambio, es una alegría compartida, una celebración de la vida que involucra a la familia, los levitas, los extranjeros, los huérfanos y las viudas. La alegría surge de la gratitud y del reconocimiento de las bendiciones divinas en el presente, no de la expectativa de logros futuros.
En Ki Tavó, la Torá nos muestra dos contextos donde la alegría es central: primero, durante la entrega de las primicias, cuando se nos instruye: “Entonces te alegrarás en todo lo bueno que Dios te ha dado a ti y a tu familia, junto con los levitas y el extranjero que esté contigo” (Deuteronomio 26:11). Segundo, en el pasaje de las maldiciones, que no derivan de una transgresión específica, sino de no servir a Dios con alegría y buen corazón (28:47). Así, la simjá se revela como fuerza espiritual y cohesión comunitaria: sin ella, nos volvemos vulnerables a los desafíos de la vida y a la desunión.

El sabio Kohelet nos recuerda que, aunque la vida sea breve y efímera —un soplo en la historia del universo—, la alegría permite vivir plenamente cada instante. No se trata de ignorar los peligros o el sufrimiento, sino de encontrar en el presente, en la conexión con los demás y en el reconocimiento de la bendición divina, la fuerza para perseverar. Celebrar juntos, agradecer y compartir es lo que otorga sentido y resistencia al pueblo judío.
En conclusión, Ki Tavó nos enseña que la alegría no es un lujo, sino una obligación espiritual y una fuente de fortaleza. Servir a Dios con simjá nos conecta con Él, nos une como pueblo y nos permite enfrentar las adversidades con coraje y esperanza. Que cada uno de nosotros busque la simjá en su vida diaria, en la familia, en la comunidad y en la relación con Dios, y así fortalezcamos nuestra fe y nuestra existencia.













