Vivimos tiempos donde el corazón puede sentirse abrumado: rehenes aún en cautiverio, antisemitismo en ascenso, tensiones políticas que parecen no tener salida. El ser humano fácilmente podría caer en la desesperanza, en esa sensación de impotencia que la ciencia llama “indefensión aprendida”. Pero el judaísmo nos enseña una y otra vez que nunca estamos indefensos.
A lo largo de la historia, incluso tras dos milenios de exilios, persecuciones y el mismo Holocausto, nuestro pueblo eligió levantarse y seguir construyendo. Esa resiliencia no es casualidad: está grabada en nuestra Torá y en la promesa Divina de que Israel no desaparecerá entre las naciones.
En este mes de Elul, previo a Rosh Hashaná, la tradición nos invita a descubrir la fuerza de los pequeños cambios. No se nos pide transformar el mundo en un solo gesto, sino comenzar por un paso posible: dormir mejor, dar tzedaká cada día, rezar aunque sea unos minutos, estudiar una porción de Torá, cuidar una palabra frente al prójimo. Nuestros Sabios enseñaron: “Quien agarra demasiado no se queda con nada; quien agarra un poco se queda con algo”.

La ciencia moderna confirma lo que la sabiduría ancestral ya sabía: pequeñas acciones de control —como ayudar a otro, adoptar un hábito positivo o dejar un mal patrón— reconfiguran nuestros circuitos internos. Así como un poco de luz disipa mucha oscuridad, un acto pequeño puede devolver la esperanza y fortalecer la confianza en que nuestras decisiones cuentan.
Elul es un mes de teshuvá, de regresar a nuestro yo superior y a Hashem. Sí, las circunstancias externas pueden parecer imposibles de cambiar, pero lo esencial es no bloquear los canales de bendición con nuestras propias acciones. Cada paso hacia el bien abre espacio para que la luz de Dios fluya en el mundo.
Por eso, frente al dolor y la impotencia, la respuesta judía es acción y confianza. Si nuestros antepasados mantuvieron la esperanza en los momentos más oscuros, ¿cómo no vamos a mantenerla nosotros, que vivimos en días donde Jerusalén vuelve a florecer?
La verdadera fórmula está aquí: elegir un cambio pequeño, confiar en la promesa eterna de Hashem y recordar que cada acto, aunque parezca mínimo, tiene la capacidad de inclinar la balanza hacia la vida y la redención.













