Vivimos en un mundo donde es fácil acostumbrarnos a la rutina y pensar que todo sucede por la fuerza de la naturaleza. Sin embargo, la Torá nos enseña que detrás de cada detalle de la creación se encuentra la Mano de Hashem, guiando el universo con sabiduría y amor.
Nuestros Sabios nos enseñan que el primer nivel de la emuná es reconocer que nada ocurre por casualidad. La naturaleza no actúa por sí sola; es el instrumento mediante el cual el Creador sostiene y dirige Su mundo en cada instante.
Cuando contemplamos una flor que se abre con la luz del sol, la perfecta organización de una colonia de hormigas o la extraordinaria transformación de una oruga en mariposa, no vemos solamente fenómenos naturales. Vemos la grandeza del Creador manifestándose en Su creación. Como proclamó el rey David: “¡Ma Rabu Maaseja Hashem! ¡Cuán grandes son Tus obras, Hashem!”

Así como un reloj revela la existencia de un relojero y un libro demuestra la mano de un autor, la armonía y el orden del universo nos conducen a reconocer la existencia de un Creador que gobierna todo con precisión absoluta.
Cada mañana recordamos estas palabras en la bendición de Yotzer Or: “Hamejadesh Betuvó Bejol Iom Tamid Maase Bereshit”, que Hashem renueva constantemente la obra de la Creación. El mundo no fue solamente creado; continúa existiendo porque Él lo sostiene a cada instante.
Esta certeza debe brindarnos serenidad y fortaleza. Aun cuando no comprendamos todo lo que sucede en nuestra vida, sabemos que nada escapa a la Supervisión Divina. No existe el azar para quien vive con emuná. Todo tiene un propósito, incluso aquello que todavía no alcanzamos a entender.
Que fortalezcamos nuestra fe, aprendiendo a descubrir la presencia de Hashem tanto en los grandes milagros como en los pequeños detalles de cada día.
Que tengamos el mérito de vivir con la convicción de que “Ein Od Milevadó” — no hay otra fuerza fuera de Él—, y que esa emuná llene nuestros corazones de paz, esperanza y confianza.













