La Primera Mitzva es Saber Que Di-s Existe

Entre las mitzvot más profundas y constantes que la Torá nos entrega, hay una que se ubica en la raíz de toda la vida judía: saber que Di-s existe. No creer solamente, no asumir por tradición ni aceptar por costumbre, sino saber. Esta es la primera de las seis mitzvot constantes que acompañan al judío en cada instante de su vida y que constituyen el fundamento de todas las demás.

Un ideal de vida es aquello que eleva a la persona, aquello hacia lo cual orienta sus fuerzas y decisiones. En el mundo material, un hombre de negocios puede fijarse como ideal la riqueza; las inversiones, el trabajo y el esfuerzo son solo los medios para alcanzar ese objetivo. De manera similar, el judaísmo tiene un ideal supremo: cultivar una relación viva, consciente y profunda con el Creador del mundo. Las 613 mitzvot no son fines aislados, sino conductos que nos entrenan para vivir con la conciencia de Di-s presente en cada aspecto de la existencia.

Las seis mitzvot constantes son llamadas “mitzvot-objetivo”, porque no dependen de una acción puntual, sino de una vivencia permanente. Cada momento de conciencia es una oportunidad de cumplirlas: saber que Di-s existe, no creer en otros poderes, reconocer Su unicidad, amarlo, temerlo y no dejarnos arrastrar por los impulsos de los ojos y del corazón. Todas las demás mitzvot vienen a fortalecer estos principios. Sin ellos, la práctica pierde su alma.

Cuando la Torá proclama en los Diez Mandamientos: “Yo soy Hashem tu Di-s que te saqué de la tierra de Egipto”, no está introduciendo una creencia ingenua, sino una exigencia intelectual y espiritual. El judaísmo no se conforma con una fe ciega. Nos ordena investigar, analizar, estudiar y comprender. Saber que Di-s existe significa construir una convicción sólida, basada en conocimiento, reflexión y experiencia.

Pero este saber no puede quedarse en la mente. La Torá nos dice: “Debes saber hoy y llevarlo a tu corazón”. El conocimiento verdadero transforma la vida. Cuando una persona internaliza que Di-s gobierna el mundo y lo acompaña en cada paso, surge la confianza. Así como el niño se arroja a los brazos de su padre sin temor, o el acróbata avanza sabiendo que hay una red debajo, quien vive con conciencia de Di-s se anima a caminar, a esforzarse y a levantarse incluso cuando el camino es incierto.

Nuestros Sabios enseñan que la fe se construye paso a paso. Primero, reconocer que Di-s nos ama con un amor infinito, más profundo que cualquier amor humano. Incluso quien se ha alejado, cuando se encuentra en peligro, clama instintivamente a Di-s. En lo más hondo del corazón, el alma sabe que no está sola.

El segundo paso es comprender que tenemos una línea directa con el Creador. La tefilá no es un grito al vacío. Cuando una persona ha sentido alguna vez que su rezo fue escuchado, ha experimentado algo asombroso: el Creador del universo prestando atención a su voz. Vivir con esa conciencia es saber que nunca estamos abandonados.

El tercer paso es entender que todo poder proviene de Di-s. Cada respiración, cada latido, cada capacidad intelectual y física es un regalo constante. Nada nos pertenece realmente. Padres, maestros, oportunidades y logros son solo mensajeros. Esta certeza no debilita al ser humano; por el contrario, le otorga una fuerza inmensa, porque sabe que no depende solo de sí mismo.

El cuarto paso es confiar en que todo lo que Di-s hace es para bien, incluso cuando no lo entendemos. Como un padre que a veces niega o limita para proteger y educar, el Todopoderoso guía nuestra vida con una sabiduría que trasciende nuestra visión inmediata. Las dificultades no son castigos, sino mensajes que nos invitan a crecer, a revisar prioridades y a elevarnos.

De aquí surge una verdad esencial: no existe el “no puedo”. El Talmud enseña que sin la ayuda de Di-s el ser humano no podría vencer sus propias inclinaciones. Si reconocemos que toda fuerza proviene de Él, entonces también debemos reconocer nuestra responsabilidad. No estamos exentos del esfuerzo. Al contrario: debemos actuar, intentar, avanzar. Di-s completa lo que nosotros comenzamos.

Por eso el judaísmo no permite la pasividad. Somos responsables del mundo. Si el Templo aún no ha sido reconstruido, cada generación debe mirarse a sí misma. Una sola persona, con una teshuvá auténtica, puede inclinar la balanza del mundo entero. Si tenemos el poder, tenemos también la obligación.

Nuestros Sabios comparan nuestro esfuerzo a colocar un dólar por semana, o a sacar cubeta tras cubeta de una montaña imposible. El resultado no depende de nosotros; el esfuerzo sí. Cuando el ser humano da un paso sincero, el Todopoderoso mueve la grúa.

Querida comunidad, saber que Di-s existe no es una idea abstracta. Es una forma de vivir. Es entender que todo es un regalo, que ningún esfuerzo es en vano y que cada paso cuenta. Que tengamos el mérito de vivir con esta conciencia, de asumir nuestra responsabilidad y de caminar con confianza, sabiendo que el Creador del universo nos acompaña en cada instante.