Hoy quisiera reflexionar con ustedes sobre una idea muy conocida en nuestra cultura: el “mal de ojo”. Muchas personas hablan de esto como si fuera una fuerza misteriosa o sobrenatural. Sin embargo, cuando estudiamos nuestras fuentes con atención, descubrimos que el judaísmo le da a este concepto un significado mucho más profundo y moral.
En hebreo no existe exactamente la expresión “mal de ojo” como se entiende popularmente. Nuestros sabios hablan más bien de “ayin ra’á”, el ojo malo, o de “ayin tová”, el buen ojo. Y estas expresiones no describen poderes mágicos, sino actitudes del corazón humano.
El llamado “ojo malo” representa la envidia, la mezquindad y la falta de generosidad. Es la tendencia de mirar lo que tiene el otro y sentir celos o resentimiento. Desde el comienzo de la Torá vemos cómo la envidia puede destruir relaciones: Caín y Abel, Yosef y sus hermanos, y tantos otros ejemplos donde los celos trajeron sufrimiento.
Pero la Torá también nos muestra el camino contrario: el “buen ojo”. Tener un buen ojo significa ser capaz de alegrarnos por el éxito de los demás, no solamente por el propio. Es una cualidad espiritual muy elevada.
Un ejemplo extraordinario aparece cuando Moshé es elegido por Di-s para liderar al pueblo de Israel, a pesar de que su hermano mayor era Aharón. La Torá dice que cuando Aharón vio a su hermano, “se alegró en su corazón”. No hubo celos ni resentimiento. Hubo alegría verdadera. Ese es el ejemplo perfecto de ayin tová, el buen ojo.
Nuestros sabios también enseñan que el antídoto contra la envidia se basa en tres principios.
El primero es la humildad. Vivimos en una sociedad que constantemente nos empuja a exhibir lo que tenemos: nuestras posesiones, nuestros viajes, nuestros logros. La Torá nos enseña lo contrario: disfrutar lo que tenemos, sí, pero sin ostentación, con modestia.

El segundo es aprender hacia dónde mirar. En lo espiritual debemos mirar hacia arriba, admirar a quienes tienen más sabiduría, más bondad, más cercanía con Di-s, e inspirarnos en ellos para crecer. Pero en lo material debemos mirar hacia abajo, recordar a quienes tienen menos que nosotros y agradecer por lo que ya tenemos.
Y finalmente está el tercer principio, el más profundo: la emuná, la fe en Di-s. La verdadera fe implica reconocer que Di-s es quien determina lo que cada uno recibe en la vida. Él sabe cuánto necesitamos, cuánto merecemos y cuál es nuestro camino. Cuando una persona internaliza esta idea, encuentra una enorme paz interior, porque deja de compararse constantemente con los demás.
Por eso, en última instancia, la envidia no es solo un problema social o emocional; también es un desafío espiritual. Cuando envidiamos, en cierto modo cuestionamos la justicia o el plan de Di-s.
Queridos hermanos, el camino de la Torá nos invita a cultivar un buen ojo: aprender a alegrarnos por el bien del prójimo, a vivir con gratitud por lo que tenemos y a confiar plenamente en la sabiduría de Di-s.
Que podamos desarrollar esa mirada generosa y noble, y que nuestras vidas se llenen de paz, gratitud y bendición.













