Esta semana leemos la sagrada Perashá Tetzavé, sección del libro de Éxodo que nos introduce en la grandeza de las vestiduras del Cohen Gadol y, en particular, en el misterio del Joshen HaMishpat, el Pectoral del Juicio que reposaba sobre el corazón de Aharón.
La Torá nos relata un momento profundamente humano y espiritualmente sublime. Cuando Moshé es designado como líder del pueblo, Hashem le dice que su hermano Aharón saldrá a su encuentro “y al verte se alegrará en su corazón”. Nuestros Sabios enseñan que, en mérito de esa alegría sincera —no externa, no diplomática, sino nacida en lo más íntimo del corazón— Aharón mereció portar el Pectoral sobre su pecho.
No se trata de un detalle menor. El Joshen no era solo una prenda; contenía los Urim VeTumim, a través de los cuales se revelaba la voluntad divina en momentos cruciales para la nación. La pregunta es inevitable: ¿por qué el mérito de semejante instrumento espiritual dependía de la alegría por el éxito del hermano?
La respuesta es profunda y exigente. Solo quien es capaz de alegrarse auténticamente por la grandeza del otro puede transformarse en un canal puro de la palabra de Hashem. Los celos distorsionan. El ego nubla. Pero un corazón limpio, que celebra el crecimiento ajeno como propio, es un corazón apto para la revelación.

Y no fue unilateral. Nuestros Sabios explican que Moshé también estaba unido a Aharón con un amor absoluto. El versículo en Tehilim describe el aceite sagrado descendiendo sobre la barba de Aharón, pero el Midrash enseña que era como si descendiera también sobre la barba de Moshé. Eran dos líderes, pero un solo corazón.
En una generación marcada por la competencia, la comparación constante y la búsqueda de reconocimiento, la Torá nos presenta un modelo radicalmente distinto: liderazgo sin rivalidad, grandeza sin inseguridad, éxito sin celos.
El Rambán explica que esto no es una virtud opcional; es la esencia misma de la mitzvá de “Veahavta lereajá kamoja” — amarás a tu prójimo como a ti mismo. Amar verdaderamente implica desear al otro lo mismo que deseamos para nosotros, sin reservas internas.
Querida comunidad, la Parashá Tetzavé nos desafía a examinar nuestro propio corazón. ¿Somos capaces de alegrarnos genuinamente por el progreso del prójimo? ¿Podemos ver el crecimiento espiritual, profesional o familiar de otro como una expansión del bien colectivo y no como una disminución personal?
Si aprendemos de Moshé y Aharón, construiremos hogares con menos competencia y más cooperación; comunidades con menos comparación y más celebración mutua. Allí donde hay armonía entre hermanos, allí desciende la Shejiná.
Que tengamos el mérito de purificar nuestro corazón, de erradicar todo vestigio de envidia y de convertirnos en portadores de paz, como lo fue Aharón HaCohen, “amante de la paz y perseguidor de la paz”.
Que esta Perashá Tetzavé eleve nuestra conciencia y fortalezca la unidad en nuestra comunidad.













