El título que nos convoca hoy parece desafiante: “¿Para qué quiero a los malvados?”. Y sin embargo, en esta pregunta se esconde una enseñanza profunda sobre cómo debemos mirar el mundo que nos rodea.
Nuestros Sabios nos enseñan que no todo aprendizaje proviene de lo perfecto. A veces, דווקא —precisamente— de aquello que parece incorrecto, confuso o incluso opuesto a la verdad, podemos extraer claridad, fortalecimiento y crecimiento.
El Mashguíaj, Rab Iejezkel Levinstein, señala una idea sorprendente: incluso de las palabras del necio o del malvado se puede aprender. ¿Cómo es posible?
Porque hay realidades que no pueden ser negadas.
Cuando una persona intenta distorsionar la verdad, muchas veces termina, sin quererlo, confirmándola. Como el acusador que, al reconocer un mérito en el acusado, da testimonio más fuerte que cualquier defensor. Así también, quien intenta negar lo evidente, termina dejando al descubierto aquello que no puede ocultar.
Tomemos como ejemplo la partición del mar. A lo largo de la historia, incluso quienes quisieron negar el milagro, no pudieron negar el hecho. Intentaron explicarlo, racionalizarlo, reducirlo a lo natural. Pero en ese intento, dejaron en evidencia algo fundamental: que el suceso ocurrió, y que su magnitud supera cualquier explicación simple.
Y aquí hay una lección para cada uno de nosotros.
Muchas veces, las dudas no vienen desde afuera, sino desde dentro. Es la voz del ietzer hará que susurra: “No viste esto con tus ojos”, “no es tan claro”, “puede haber otra explicación”. Pero cuando analizamos esas mismas dudas con profundidad, descubrimos que no se sostienen. Que se contradicen. Que carecen de base sólida.

Y entonces, en lugar de debilitarnos, nos fortalecen.
Esto mismo ocurre en la vida cotidiana. Una persona que vive sin rumbo, que se deja llevar por sus impulsos, que actúa sin conciencia —puede convertirse, para quien observa con claridad, en una advertencia viva. No para juzgar, sino para aprender qué camino evitar.
El problema no está en lo que vemos, sino en cómo lo miramos.
Un borracho no aprende de otro borracho. Pero una persona lúcida sí. Ve, reflexiona y decide no caer en ese lugar.
Así también, el ietzer hará —el instinto del mal— no fue creado para destruirnos, sino para desafiarnos. Nuestros Sabios dicen algo impactante: “Muy bueno” —esto es el ietzer hará. ¿Cómo puede ser?
Porque sin desafío no hay crecimiento. Sin resistencia no hay superación. Sin lucha no hay construcción del carácter.
El Creador no hizo al hombre perfecto, sino con la capacidad de perfeccionarse.
Querida comunidad, el mensaje es claro: no estamos llamados a vivir en un mundo ideal, sino a aprender de la realidad tal como es. A encontrar enseñanzas incluso en lo que parece negativo. A transformar cada experiencia en una oportunidad de fortalecimiento.
Que podamos desarrollar una mirada profunda, que no se quede en la superficie. Que sepamos extraer luz incluso de la oscuridad. Y que cada desafío, cada duda y cada prueba, nos acerque más a la verdad, a la fe y a nuestra mejor versión.













