¿Por Qué los Judios no Creen en Jesus?

Durante más de dos mil años, el pueblo judío ha mantenido con firmeza su fe y su identidad, rechazando la idea de que Jesús sea el Mesías. No se trata de despreciar otras religiones ni de polemizar, sino de dejar en claro nuestra posición como judíos, basada en la Torá, en la tradición y en la palabra de los profetas.

El Mesías prometido en las Escrituras debe cumplir con una serie de profecías: reconstruir el Tercer Templo en Jerusalén, reunir a todos los judíos en la tierra de Israel, traer una era de paz mundial donde las guerras cesen y donde toda la humanidad reconozca al Eterno como único Dios. Jesús no cumplió ninguna de estas promesas, y por ello no puede ser considerado el Mesías de Israel.

Nuestro fundamento de fe se encuentra en el Shemá: “Escucha Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno”. La idea de una Trinidad o de un Dios encarnado en forma humana contradice la esencia de esta declaración. En la halajá, la división de la divinidad es considerada idolatría, y por ello, a lo largo de la historia, nuestros antepasados prefirieron entregar sus vidas antes que aceptar una creencia que rompiera con la unicidad de Dios.

La Torá afirma con claridad que Dios no es un mortal. El Rambam enseña que Dios no tiene cuerpo, ni límites, ni nacimiento ni muerte. El Mesías que esperamos será un hombre, descendiente del rey David por línea paterna, que guiará al pueblo de Israel en el cumplimiento íntegro de la Torá. No será un semidiós ni una figura sobrenatural, sino un líder humano que llevará al mundo hacia la redención.

En el judaísmo, la relación con el Creador es directa. Cada persona puede dirigirse a Él sin necesidad de intermediarios. El salmista declara: “Cercano está el Eterno a todos los que Lo invocan de verdad”. La Torá misma ordena no poner entre nosotros y Dios ningún otro ser que interfiera.

Además, nuestra Torá es eterna e inmutable. Cualquier intento de modificarla es visto como señal de falsedad. El verdadero Mesías no viene a cambiar ni a abolir los mandamientos, sino a fortalecerlos. Jesús, en cambio, se presenta en los evangelios como alguien que contradice y relativiza mandamientos de la Torá, lo cual lo aparta de las expectativas judías de un redentor fiel a la Ley.

El judaísmo se distingue también por basarse en una revelación nacional. Nuestra fe no surge de la visión o experiencia privada de un solo individuo, sino de la vivencia colectiva en Har Sinai, donde todo el pueblo escuchó la voz de Dios. Esa revelación compartida es el cimiento de nuestra fe y la razón por la cual seguimos transmitiéndola de generación en generación.

Finalmente, el judaísmo no busca convertir a los demás pueblos. La Torá prevé un camino espiritual universal a través de las Siete Leyes de Noaj, y el Templo mismo fue llamado por Isaías “Casa de oración para todas las naciones”. Nuestra misión no es imponer, sino dar testimonio de la Torá, ser un “luz para las naciones” y trabajar por la llegada de la verdadera redención.

Por todo esto, el pueblo judío no reconoce en Jesús al Mesías. Mantenemos nuestra esperanza intacta en la llegada de aquel que cumplirá con todas las promesas proféticas, que traerá paz, justicia y conocimiento de Dios al mundo entero. Hasta entonces, seguimos fieles al pacto eterno del Sinaí, con respeto hacia los demás, pero con la claridad y la firmeza que nos ha sostenido a lo largo de la historia.