Esta semana leemos la parashá Nitzavim, que nos invita a reflexionar profundamente sobre nuestro pacto eterno con Dios. En los últimos días de su vida, Moshé convocó a toda Israel para renovar el pacto entre Dios y nuestro pueblo. No fue un gesto exclusivo para quienes estaban presentes, sino un acto que trasciende generaciones: “Y no sólo con ustedes yo concreto este pacto y este juramento, sino con el que está aquí con nosotros, parado hoy ante Hashem nuestro Dios, y con el que no está aquí hoy con nosotros” (Deuteronomio 29:13-14).
Esto nos enseña un principio fundamental: el pacto de Israel no es sólo histórico, sino eterno. Incluso aquellos que aún no habían nacido estaban incluidos, y todos nosotros, hasta hoy, somos parte de este acuerdo sagrado. Como dice el Talmud, todos hemos jurado en el Sinaí (Ioma 73b, Nedarim 8a).

Así, ser judío no es simplemente una elección personal. Nacemos judíos y, desde nuestro nacimiento, formamos parte del pacto. La mayoría de nosotros no tuvimos opción de aceptar la Torá; la recibimos como un regalo y una responsabilidad que nos llega de nuestros padres y antepasados. Sin embargo, este regalo implica también obligaciones, y es nuestra tarea vivirlas con integridad y compromiso.
Al enfrentar esta realidad, surge una pregunta profunda: ¿cómo puede un pacto antiguo obligarnos hoy? Nuestros sabios explican que incluso las almas de los judíos que aún no habían nacido estuvieron presentes en el Sinaí, ratificando el pacto (Éxodo Rabá 28:6). Aunque nuestros cuerpos no estaban allí, nuestra esencia más profunda está conectada a esta alianza divina. Esto nos recuerda que la identidad judía no se impone por la fuerza, sino que forma parte de nuestra esencia espiritual.
Queridos hermanos y hermanas, la parashá de esta semana nos recuerda que cada uno de nosotros es parte de una historia que comenzó mucho antes de nuestro nacimiento y que continuará mucho después de nuestra vida. Ser judío es un privilegio, y también una responsabilidad: vivir según los valores de la Torá, transmitirlos a las futuras generaciones y sostener el pacto que nos hace un pueblo especial y sagrado.
Que esta lectura de Nitzavim nos inspire a renovar nuestro compromiso con Dios y con nuestra identidad, recordando que, aunque no elegimos nacer judíos, sí podemos elegir cómo honrar nuestra herencia. Que nuestra comunidad continúe creciendo en santidad, unidad y amor por la Torá.













