En una sociedad que muchas veces reduce el amor a una cuestión de placer o impulso, la tradición judía propone una mirada más elevada, más comprometida y, por sobre todo, más sagrada. En este marco se inscribe el concepto de shomer neguiá, una práctica que consiste en abstenerse de cualquier contacto físico con personas del sexo opuesto fuera del marco del matrimonio.
Esta norma, que puede parecer extrema a ojos modernos, no surge de un desprecio por la cercanía física, sino de su revalorización. En el judaísmo, el contacto físico entre dos personas no es algo trivial. Por el contrario, es profundamente significativo y está reservado para un contexto de compromiso, entrega y santidad. No se lo evita porque sea algo negativo, sino porque es algo precioso. Y lo precioso no se comparte con cualquiera, ni en cualquier momento.

La Torá nos recuerda: “No te acercarás para descubrir la desnudez” (Vaikrá / Levítico 18:6). La palabra “acercarás” —tikravu— nos enseña que incluso los acercamientos previos al acto físico deben ser cuidados. El contacto físico, en este marco, es parte de un proceso mayor que involucra no solo al cuerpo, sino al alma.
El amor, desde esta perspectiva, no se edifica en la atracción inmediata ni en la búsqueda del deseo, sino en la construcción de un vínculo duradero. El compromiso antecede a la intimidad. Primero se establece una relación sólida, basada en valores y objetivos compartidos, y solo entonces se habilita lo físico como expresión de una unidad ya consolidada.
Esta visión no pretende oponerse al mundo moderno, sino ofrecer una alternativa más profunda. En una cultura donde todo se consume rápidamente —incluido el amor—, la práctica de shomer neguiá invita a frenar, a pensar, a sentir con conciencia. A cuidar el cuerpo como se cuida lo sagrado, y a recordar que el verdadero amor no busca solo recibir, sino también dar, construir y trascender.













