En estos tiempos de incertidumbre, muchos se hacen una pregunta que a veces no se animan a expresar en voz alta: ¿Se puede cuestionar a Dios? ¿Es compatible la fe con la duda? ¿Puede el corazón creyente también protestar?
La Torá nos enseña que sí.
La palabra hebrea emuná suele traducirse como “fe”, pero su significado es más profundo. También implica lealtad. No se trata únicamente de creer, sino de permanecer fieles, incluso cuando no entendemos. La emuná no es una certeza matemática; es una decisión existencial.
Observemos a nuestros grandes líderes. Abraham discutió con el Creador cuando se le anunció la destrucción de Sodoma. No guardó silencio. Preguntó: “¿Acaso el Juez de toda la tierra no hará justicia?” Su cuestionamiento no nació de rebeldía, sino de compromiso moral.
Moisés también desafió el decreto divino. Se resistió a aceptar el liderazgo, expresó su angustia cuando el sufrimiento del pueblo aumentó, e incluso estuvo dispuesto a ser borrado del Libro Divino si Israel no era perdonado. ¿Era esto falta de fe? No. Era lealtad llevada al extremo.

Y el rey David, en el Libro de los Salmos, dejó escritas palabras que atraviesan los siglos: “¿Por qué me has abandonado?” “¿Hasta cuándo esconderás Tu rostro?” Estas no son palabras de un incrédulo, sino de un creyente que sufre y aun así continúa hablando con Dios.
La lección es clara: la fe auténtica no elimina la pregunta. La transforma.
Hay momentos en que la vida nos coloca frente a situaciones que no comprendemos. La pérdida, la injusticia, el dolor colectivo o personal. En esos instantes, el silencio puede parecer una forma de respeto, pero el judaísmo nos enseña algo más profundo: podemos hablar. Podemos preguntar. Podemos clamar. Y aun así, permanecer leales.
La emuná no es un estado fijo. Es un camino. Un camino que incluye dudas, tropiezos y momentos de oscuridad. Lo que define al creyente no es la ausencia de preguntas, sino la decisión de seguir caminando con Hashem a pesar de ellas.
Nuestros sabios enseñaron que incluso cuando el pueblo atravesó las épocas más oscuras de la historia, no abandonó la tefilá. Se pudo llorar, se pudo cuestionar, pero no se dejó de rezar. Esa es la grandeza de Israel: discutir con Dios… y luego ponerse de pie para Minjá.
Querida comunidad, no teman a sus preguntas. Teman únicamente a la indiferencia. Mientras haya diálogo, hay relación. Mientras haya plegaria, hay vínculo. Mientras haya lealtad, hay emuná.
Que tengamos el mérito de mantenernos firmes en nuestro compromiso, incluso cuando el camino sea difícil. Que nuestras preguntas nos acerquen más, y no nos alejen. Y que aprendamos a servir a Hashem no sólo con certeza, sino también con valentía espiritual.













