¿Se Puede Odiar a Di-s?

Quisiera invitarlos hoy a una reflexión delicada y profunda, una de esas preguntas que no se formulan con la cabeza sino con el corazón herido: ¿es posible enojarse con Di-s sin perder la fe? ¿Puede el dolor convertirse en un diálogo espiritual y no en una ruptura definitiva?

Hace un tiempo, un rabino recibió una carta anónima. No era una plegaria ni una súplica, sino un grito. Un joven, atravesado por años de sufrimiento, volcó en palabras toda su ira, su decepción y su sensación de abandono. Acusó a Di-s de crueldad, de silencio, de indiferencia. Declaró que ya no rezaría más, que ya no agradecería más, que se alejaba. A simple vista, aquella carta parecía un acto de rechazo absoluto. Sin embargo, al leerla con atención, se revelaba algo muy distinto: una relación viva, intensa, dolorosa, pero real.

Porque nadie se enoja con quien no existe. Nadie acusa, interpela ni reclama a una ilusión. El enojo hacia Di-s, cuando nace del sufrimiento genuino, no es la negación de la fe, sino una de sus expresiones más honestas. Es el lenguaje del alma que no quiere resignarse a un Di-s distante, sino que exige un Di-s presente, justo y compasivo.

Nuestra tradición no nos pide silencio frente al dolor. Al contrario, nos enseña que el diálogo con el Creador incluye también la queja, la protesta y la pregunta incómoda. Abraham discutió con Di-s ante la destrucción de Sodoma y le preguntó si el Juez de toda la tierra no haría justicia. Moshé, agotado y desbordado, reclamó por el peso insoportable que llevaba sobre sus hombros. Los profetas alzaron su voz desde la frustración, la incomprensión y, a veces, la ira. Incluso Iyov, paradigma del sufrimiento, no aceptó callar ante lo que sentía como una injusticia.

Después del Holocausto, Elie Wiesel relató una escena imposible de olvidar: prisioneros en Auschwitz pusieron a Di-s a juicio y lo declararon culpable. Y cuando el juicio terminó, al ver que el sol comenzaba a caer, esos mismos hombres organizaron un minián y rezaron Minjá. No porque hubieran encontrado respuestas, sino porque no estaban dispuestos a romper el vínculo. El lazo con Di-s podía estar herido, tenso, quebrado por momentos, pero no anulado.

Hay quienes cumplen los mandamientos, rezan tres veces al día y estudian Torá con disciplina, pero jamás se atrevieron a hablarle a Di-s con verdad. Y hay quienes, desde el enojo y el dolor, mantienen una conversación auténtica, desnuda y profunda con Él. La fe no se mide por la ausencia de preguntas, sino por la valentía de plantearlas.

El sufrimiento no siempre encuentra explicación. No todas las heridas cierran con palabras. Pero la Torá nos enseña que no estamos obligados a fingir. Podemos gritar, llorar, reclamar y seguir de pie frente a Di-s. A veces, la plegaria más sincera no está escrita en el sidur, sino en una carta rota, en un suspiro o en un silencio cargado de lágrimas.

Que como comunidad sepamos crear espacios donde el dolor no sea censurado y donde la fe no sea confundida con indiferencia emocional. Que entendamos que el enojo hacia Di-s, cuando nace del deseo de sentido y justicia, no nos aleja necesariamente de Él, sino que puede ser el comienzo de una relación más profunda, más verdadera y más humana.

Que tengamos la fortaleza de seguir hablando con Di-s, incluso cuando no entendemos Sus respuestas. Y que Él, en Su infinita compasión, reciba nuestras palabras —también las más duras— como lo que muchas veces son: un acto de fe desesperado por no perder el vínculo.