En el día de hoy vivimos Tishá BeAv, el día más solemne del calendario judío, una fecha en la que el pueblo de Israel se une para recordar la destrucción del Primer y del Segundo Beit HaMikdash, así como las innumerables tragedias que marcaron nuestra historia nacional.
Nuestros Sabios enseñan que el Templo fue destruido, entre otras causas, por el sinat jinam, el odio gratuito. Por ello, este día no es solamente un recuerdo del pasado, sino también un llamado a examinar nuestro presente. Cada uno de nosotros tiene la oportunidad de preguntarse: ¿qué puedo hacer para acercar más paz, respeto, unidad y amor al pueblo de Israel?
En Tishá BeAv nos abstenemos de comer y beber, de usar calzado de cuero, de bañarnos por placer y de otras comodidades, no como un fin en sí mismo, sino para permitir que el alma despierte y comprenda la magnitud de nuestra pérdida espiritual. El ayuno nos invita a detener el ritmo cotidiano y dirigir nuestra mirada hacia aquello que verdaderamente da sentido a nuestra existencia: nuestra relación con Hashem y con nuestros semejantes.

Sin embargo, el mensaje de este día no concluye con el dolor. La tradición judía nos enseña que precisamente en Tishá BeAv comienza a gestarse el consuelo y la esperanza. Creemos firmemente que así como hubo destrucción, también habrá reconstrucción; así como hubo exilio, llegará la redención. Cada acto de Torá, cada mitzvá, cada gesto de bondad y cada esfuerzo por fortalecer la unidad del pueblo judío acercan ese momento tan esperado.
Que este Tishá BeAv nos inspire a transformar el lamento en crecimiento espiritual, la distancia en cercanía y la división en fraternidad. Que Hashem reciba nuestras plegarias, convierta nuestros días de duelo en días de alegría y mérito, y nos permita contemplar muy pronto la reconstrucción de Jerusalén y del Beit HaMikdash, con la llegada del Mashíaj, pronto en nuestros días.













