Vivimos tiempos excepcionales. Tiempos en los que la historia del pueblo judío se sigue escribiendo con tinta milagrosa. Desde la creación del Estado de Israel en 1948, cuando apenas alcanzábamos los 600.000 habitantes, hemos presenciado un crecimiento constante que nos llevó a superar los 9 millones. Este fenómeno no es simplemente demográfico; es uno de los más claros signos de redención en nuestra generación. El regreso de nuestros hermanos de los cuatro rincones del mundo, como pedimos cada día en la Amidá —”Haz sonar el gran shofar para nuestra liberación…”— se hace realidad ante nuestros ojos.
Sin embargo, no todo es luz. En la diáspora, el panorama es doloroso. La asimilación, silenciosa pero destructiva, avanza como un fuego que consume generaciones. Matrimonios mixtos, pérdida de identidad, desconocimiento de nuestra fe y de nuestras tradiciones milenarias. Nos encontramos frente a lo que muchos llaman un “auto-holocausto”, donde comunidades enteras se debilitan o desaparecen.
Queridos hermanos, no es la primera vez que esto sucede. En Egipto, tras la muerte de nuestros patriarcas, también nos asimilamos. Olvidamos quiénes éramos hasta que el dolor nos hizo recordar. Solo entonces clamamos al Creador, y Él respondió, redimiéndonos con mano fuerte y brazo extendido. En Argentina ocurrió algo similar: prosperidad, integración, y luego el olvido. Crisis tras crisis, y finalmente el regreso al camino, al clamor, a la aliá.

Hoy, en países como Chile y Argentina, vemos brotar nuevamente el alma judía: jóvenes profesionales, estudiantes, familias enteras retornando al estudio de Torá, al cumplimiento del Shabat, al Brit Milá. Este renacer nos llena de esperanza, pero también nos llama a la acción.
La pregunta clave es: ¿Cómo evitamos que más almas se pierdan?
La respuesta comienza en casa, en la educación. Enseñando lo que es el verdadero judaísmo, mostrando su profundidad, su belleza, su relevancia eterna. Invitando, no desde el juicio, sino desde el amor y el compromiso, a quienes se han alejado. La circuncisión, el estudio, el cumplimiento de las mitzvot no son imposiciones: son puentes de retorno, antorchas en medio de la oscuridad.
Como líderes, padres, hermanos, vecinos: estamos llamados a abrir puertas, a encender luces, a acoger y guiar. La asimilación se combate con verdad, con calidez y con ejemplo.
Y por último, una pregunta que nos debe acompañar a cada paso:
¿Dónde se halla el Creador? Donde lo dejan entrar.
Que cada hogar, cada corazón, cada comunidad le abra la puerta.













