En la parashá de esta semana, Balak, encontramos un pasaje que invita a una profunda reflexión: la historia del profeta pagano Balaam y su burro que, milagrosamente, comienza a hablar. Balaam golpea a su animal sin comprender que un ángel le bloquea el paso. Finalmente, Di-s abre los ojos de Balaam y él ve la presencia celestial. Inmediatamente se disculpa, diciendo: “He pecado, porque no sabía” (Bamidbar 22:34).
Pero surge una pregunta fundamental: si verdaderamente no sabía, ¿por qué fue considerado un pecado?
La respuesta es clara y poderosa: porque un hombre con su nivel de conciencia espiritual tenía la responsabilidad de saber. No ver aquello que debía ser evidente para él —como un ángel parado en su camino— fue en sí una falta. Balaam no pecó por ignorancia, sino por negligencia.

Vivimos en una era de inmensa abundancia espiritual. Tenemos escuelas, shiurim, libros, clases online, y un acceso sin precedentes al estudio de Torá. Nunca antes hubo tantas oportunidades para aprender, profundizar y reconectarnos con nuestra herencia milenaria.
Sin embargo, con frecuencia escucho frases como: “Rabino, yo no sabía”, o “Nunca me enseñaron”. Y aunque estas palabras pueden ser comprensibles en ciertos contextos históricos —como los de nuestros hermanos que crecieron en tierras donde el judaísmo fue reprimido—, en nuestras comunidades activas y vibrantes, esa ignorancia ya no puede sostenerse como excusa.
Cada uno de nosotros tiene la posibilidad de abrir un libro, asistir a una clase, encender una vela, hacer una pregunta. La riqueza del judaísmo está ahí, esperando ser descubierta. ¿Cuántos profesionales judíos, formados en universidades y expertos en sus campos, jamás abrieron una página del Talmud o escucharon un versículo de los Salmos con su verdadera profundidad?
El propósito de un rabino —cuya raíz es *“rabí”, mi maestro”— es justamente este: enseñar, acompañar, guiar. No estamos aquí sólo para oficiar bodas, Bar Mitzvás o momentos difíciles. Nuestra mayor alegría es ver a una persona acercarse, con honestidad, y decir: “Quiero empezar a aprender. Quiero saber quién soy como judío.”
Por eso, los invito con todo mi corazón: acérquense. Hagan preguntas. Participen. Lean. Enciendan una vela de Shabat. Formen parte. Porque hoy, más que nunca, la ignorancia no es falta de acceso, sino de decisión. Y en un mundo donde todo está a un clic de distancia, seguir desconectados es, simplemente, una pésima excusa.













