Vida: Jaím (חַיִּים)

En nuestra tradición solemos usar expresiones que, sin darnos cuenta, no reflejan con precisión la profundidad del pensamiento judío. Una de ellas es “vida después de la muerte”. El judaísmo no concibe la vida como algo que se interrumpe para luego dar paso a otra cosa distinta. La vida, nos enseñan nuestros sabios, es una sola y es eterna. Lo que cambia no es la vida, sino la forma en que esta se manifiesta.

Durante un período limitado, esa vida se expresa a través de un cuerpo físico. Cuando ese tiempo concluye, el cuerpo regresa al polvo del cual fue formado, pero el alma no se extingue ni se debilita: se eleva. Pasa a una dimensión más alta de existencia, libre de las limitaciones físicas que la contenían. No se trata de una pérdida, sino de un ascenso.

Podemos entenderlo con una imagen sencilla: una transmisión que continúa existiendo aun cuando el receptor deja de funcionar. El hecho de que ya no podamos ver ni escuchar la señal no implica que haya desaparecido. De manera similar, la partida del cuerpo no afecta la esencia ni la vitalidad del alma; simplemente nosotros dejamos de percibirla en el plano material.

Esta idea, lejos de ser abstracta, tiene profundas consecuencias para la forma en que vivimos. La Torá llama a la vida jaím, en plural, “vidas”, para enseñarnos que una misma vida atraviesa distintas etapas y niveles, todos conectados entre sí. Por eso Moshé Rabenu nos dice: “He puesto delante de ti la vida y la muerte… elige la vida”. No se trata de una elección obvia entre existir o no existir, sino de una invitación a decidir cómo invertimos nuestros días: en lo pasajero o en lo eterno.

Nuestros sabios afirman que los justos son considerados vivos incluso después de su partida, mientras que quienes viven sin propósito profundo son llamados “muertos” aun en vida. Porque la verdadera vida no se mide solo en años, sino en sentido. Cada mitzvá, cada acto de bondad, cada decisión cargada de valores eternos deja una huella que trasciende el tiempo y acompaña al alma en su continuo ascenso.

Por eso, cuando levantamos una copa decimos lejaím, “por la vida”. No celebramos solo el momento, sino el significado. Recordamos que no somos seres físicos que ocasionalmente tienen experiencias espirituales, sino almas espirituales que atraviesan una experiencia física.

También por esta razón, nuestra tradición no dice “que su alma descanse en paz”, sino “que su neshamá continúe en aliá”, en ascenso. El alma no descansa; sigue creciendo, elevándose y acercándose cada vez más a su fuente. Ese movimiento constante, esa elevación ininterrumpida, es la esencia misma de la vida.

Que estas enseñanzas nos fortalezcan, nos consuelen y, sobre todo, nos inspiren a vivir con mayor profundidad, conciencia y propósito, transformando cada día de nuestra vida en una inversión en lo eterno.