Valoremos Nuestra Imagen

Quisiera invitarlos hoy a reflexionar sobre un tema central para nuestra vida personal y colectiva: la forma en que nos vemos a nosotros mismos y el valor que le otorgamos a nuestra identidad. Una persona necesita crecer con una autoimagen sana y positiva, reconociendo desde la infancia sus fuerzas, sus recursos y su valor único. Muchos de los conflictos emocionales que vemos a nuestro alrededor nacen, precisamente, de la tendencia a menospreciarnos. Y este menosprecio no ocurre solo a nivel individual, sino también en familias, comunidades e incluso en pueblos enteros.

Nuestro pueblo, a lo largo de siglos de exilio y persecuciones, desarrolló en ocasiones lo que podríamos llamar un “complejo de exilio”: una cierta timidez excesiva, una necesidad de agradar, una dificultad para pararse con dignidad y decir quiénes somos sin pedir disculpas. Esto se refleja en una conocida anécdota: un prestigioso psiquiatra, vestido con levita y sombrero negros, fue increpado por un hombre que le dijo que su apariencia era vergonzosa y que no había razón para que los judíos fueran tan visibles con su vestimenta tradicional. El psiquiatra le respondió con calma que no era judío, sino amish, y que esa era su vestimenta habitual. Inmediatamente, el hombre se disculpó y dijo cuánto respetaba que preservara sus tradiciones. Entonces el psiquiatra lo miró y le preguntó: “Si respeto y orgullo le inspiran las tradiciones de otros pueblos, ¿por qué habría yo de avergonzarme de las mías si fuera judío?”. Esa pregunta sigue resonando hasta hoy.

Qué distinto sería nuestro mundo si cada uno de nosotros valorara profundamente su legado ancestral y pudiera transmitir a sus hijos el orgullo de pertenecer al pueblo que entregó al mundo un código moral y ético eterno, los Diez Mandamientos. El judaísmo tradicional supo hacer esto con una sabiduría extraordinaria, especialmente en el hogar. Al entrar a una casa judía en Shabat, vemos las velas encendidas: dos, y muchas veces más. En muchas familias se acostumbra a agregar una vela por cada hijo. Así, cada niño sabe que una de esas luces fue encendida especialmente por él. Crecer con esa imagen graba en el corazón infantil un mensaje poderoso: mi existencia trae luz, claridad y sentido al hogar y al mundo.

El niño espera con emoción el día de su Bar Mitzvá, cuando asumirá responsabilidades como judío adulto, será parte de un minián, podrá bendecir después de las comidas y profundizar en el estudio de la Torá. La niña, de manera similar, anhela su Bat Mitzvá, el momento en que recibirá su propio sidur y comenzará a cumplir las mitzvot con la madurez de una mujer judía. Todo esto construye identidad, dignidad y sentido de misión.

Se cuenta que un abuelo, sentado frente a las luces de Janucá, estaba absorto en sus pensamientos. Su pequeña nieta se acercó y le preguntó qué estaba pensando. Él le respondió: “Le estoy pidiendo a Hakadosh Baruj Hu que tú tengas hijos buenos”. Imaginen lo que significa para una niña verse proyectada así hacia el futuro: como madre en Israel, como eslabón vivo de una cadena eterna.

Es cierto que el mundo cambia. Tras largos años de asimilación, vemos hoy un retorno creciente a las raíces. Una revolución silenciosa atraviesa al pueblo judío en todos los rincones del mundo. Jóvenes que no crecieron con una educación judía profunda regresan a la Torá y a las mitzvot con entusiasmo y convicción. Hace décadas, un joven de un kibutz completamente secular ingresó a la ieshivá de Ponevezh. Cuando se le preguntó al Jazón Ish por qué tantos jóvenes estaban regresando al judaísmo auténtico, su respuesta fue conmovedora: las lágrimas de los padres y abuelos no fueron en vano. Tal vez no lograron salvar a sus hijos, pero HaShem no olvida una lágrima judía, y esas lágrimas dieron fruto en las siguientes generaciones.

Este mensaje debe fortalecernos. Nada se pierde. Cada acto de orgullo judío, cada lágrima sincera, cada esfuerzo por transmitir valores deja una huella eterna. Valoremos quiénes somos. Caminemos con dignidad, sin vergüenza, con la frente en alto. Y transmitamos a nuestros hijos no solo tradiciones, sino amor, orgullo y sentido, para que sigan encendiendo luces en nuestro pueblo y en el mundo entero.