Vivimos en una generación en la que la televisión, los teléfonos inteligentes y la internet se han vuelto parte inseparable de la vida cotidiana. Se encienden cuando despertamos, nos acompañan en nuestras comidas y muchas veces son lo último que miramos antes de dormir. Pero, aunque se presenten como aliados de entretenimiento y comunicación, debemos reconocer que en realidad son algunos de los enemigos más peligrosos de nuestro tiempo.
El daño que producen no es solo individual, sino colectivo, pues transforman la cultura, los valores y la educación de pueblos enteros. Lo que antaño transmitían los padres, maestros y rabinos, hoy muchas veces lo dictan pantallas y algoritmos, imponiendo un nuevo “folklore” que se infiltra en cada hogar.
El problema radica tanto en el contenido como en la forma. Por un lado, la violencia, la vulgaridad y la superficialidad de muchos programas y redes sociales se presentan como “normales”, debilitando las barreras morales que antes protegían a la familia y a la sociedad. Por otro lado, el mismo formato de estos medios convierte al espectador en un ser pasivo, incapaz de reflexionar en profundidad. Todo se recibe en dosis rápidas, visuales, sin tiempo para la meditación y el análisis.

Las consecuencias están a la vista: violencia que se aprende en la pantalla, modas y conductas copiadas de artistas vacíos de valores, consumo manipulado por publicidades calculadas para despertar nuestras debilidades. Incluso el discurso político y social se vacía de contenido y se reduce a una cuestión de imagen.
No se trata de exageraciones. Los estudios muestran que horas frente a estas pantallas equivalen a absorber miles de escenas de violencia, a normalizar el adulterio, la mentira y la frivolidad, y a ceder nuestra libertad de pensamiento a productores y publicistas cuyo único interés es el beneficio económico.
Frente a esto, la Torá nos llama a resistir. Así como nuestro patriarca Abraham rompió los ídolos de su tiempo, también nosotros debemos tener la valentía de romper con los ídolos modernos que contaminan nuestra mente y corazón. La belleza exterior, cuando no está acompañada de pureza interior, es como un anillo de oro en el hocico de un cerdo: algo valioso colocado en un lugar indigno (Mishlei 11:22).
Apagar la televisión, limitar el uso de los celulares y filtrar lo que vemos en internet no es una renuncia al mundo, sino una liberación. Es recuperar tiempo para el estudio, para el deporte, para la familia, para la tefilá, para nutrir nuestra alma y nuestro interior. Es la posibilidad de desintoxicarnos, de limpiar nuestra mente y volver a ser dueños de nuestro pensamiento y de nuestra vida.
Queridos hermanos y hermanas, no permitamos que nuestra identidad y nuestros valores sean moldeados por quienes no tienen compromiso alguno con la verdad ni con la moral. La fuerza más poderosa de un judío no está en las pantallas, sino en la Torá, en su familia, en su comunidad. Encendamos menos pantallas y más luces de Shabat; escuchemos menos noticieros y más palabras de nuestros sabios; dediquemos menos horas a “vivir con el enemigo” y más a vivir con la Shejiná en nuestro hogar.
Que el Creador nos dé la fuerza para elegir lo correcto, para elevarnos por encima de las distracciones, y para construir hogares donde la santidad y la pureza reemplacen a la superficialidad y la mentira.













