Quiero compartir con ustedes una reflexión profunda y esencial para nuestras vidas como judíos: el mandato de amar a HaMakom, “el Lugar”, uno de los nombres más sublimes con los que la Torá se refiere a D’os.
Nuestros Sabios explican que llamamos a D’os “el Lugar” porque Él no está contenido en el mundo, sino que el mundo entero está contenido en Él. No hay espacio donde Su presencia no habite. Cada rincón del universo, cada instante de nuestra existencia, está impregnado de Su ser. D’os no es un elemento más dentro de la creación: Él trasciende el tiempo, el espacio y la materia.
La Torá nos ordena amarlo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todos nuestros recursos. ¿Cómo se logra amar al Creador? La respuesta no es mística ni lejana: comienza por el reconocimiento. Apreciar cada detalle de la vida —la respiración, la vista, el sabor, el color, el sonido, los vínculos, las oportunidades— como un regalo constante de Su bondad infinita. No hay regalo pequeño si viene de Él.

Este amor se nutre también del estudio, de la conexión con la historia del pueblo de Israel, de la contemplación de la naturaleza y de la introspección. Amar a D’os no es solo una emoción: es una decisión, una práctica cotidiana. Es detenernos a agradecer, a bendecir, a preguntarnos no solo “¿qué quiero de la vida?”, sino “¿qué quiere la vida de mí?”.
Recordemos: el mayor placer que existe es el vínculo con lo eterno. Y el único que puede brindarnos esa trascendencia es D’os mismo. Por eso, el amor a Él no es una obligación pesada, sino el mayor privilegio que un alma puede alcanzar.
Que podamos redoblar nuestros esfuerzos por vivir con consciencia, con gratitud, con humildad, y así profundizar nuestro amor por HaMakom, quien nos acompaña en todo momento.
Con bendiciones de paz, claridad y propósito,













