Me dirijo a ustedes con el corazón lleno de humildad y responsabilidad, para compartir unas reflexiones en torno a un tema profundo, delicado y de enorme relevancia en nuestros días: la eutanasia y la visión del judaísmo frente al valor de la vida.
Hace algunos años, en el hospital Shaaré Tzedek de Jerusalem, se vivió una situación extrema: un brote viral grave dejó la sala de terapia intensiva infantil desbordada. Respiradores ocupados, médicos corriendo, decisiones urgentes por tomar. Entre los pacientes, un anciano en coma profundo, conectado a un respirador, con diagnóstico de muerte clínica según la medicina moderna. Y entonces, la pregunta inevitable: ¿desconectarlo para salvar a un niño que acaba de ingresar? A ojos humanos, parecía una elección lógica. Pero el judaísmo, en su eterna sabiduría, no se guía únicamente por la lógica humana.
Fue entonces cuando se consultó al Rab. Avraham Avraham, reconocido por su conocimiento y compromiso con la halajá. Su respuesta fue clara: ¡está prohibido desconectar al anciano!. Y acto seguido, él mismo se hizo presente en el hospital. Se encontró un respirador manual y durante días, empleados, voluntarios y hasta cocineros se turnaron cada quince minutos para mantener con vida al niño. El resultado: el niño se recuperó. El anciano despertó semanas después y llegó a ver casarse a uno de sus nietos. Una historia real, una enseñanza eterna.
¿Qué nos enseña esto?
El judaísmo no mide la vida por edad, utilidad o capacidad. Toda vida tiene un valor infinito. Cada alma es un mundo, y ese mundo no nos pertenece a nosotros. La vida es un préstamo Divino; solo el Creador determina cuándo llega el momento de devolverlo. No tenemos permiso para interrumpirlo, aun cuando nuestras emociones y nuestra razón humana nos digan lo contrario.

La Torá nos dice: “Lo tirtzaj” — “No matarás”. No hay excepciones por compasión mal entendida, ni por decisiones humanas que pretendan definir qué vida es más “valiosa”. Aquel que agoniza, sigue vivo. Aquel que respira, aunque sea de manera asistida, aún porta una neshamá, un alma divina, que no podemos interrumpir.
Nuestra tradición nos enseña que incluso el sufrimiento tiene un sentido espiritual profundo, una kapará, una expiación, que permite que el alma ascienda con mayor pureza. Esto no minimiza el dolor ni el peso de acompañar a un ser querido en el final de su vida, pero nos llama a acompañar con empatía, con fe, y con la convicción de que cada instante de vida tiene propósito.
Como dice el Shulján Aruj, incluso tocar a un moribundo para acelerar su muerte es considerado un derramamiento de sangre. Así como una vela que tiembla puede apagarse con un mínimo contacto, así también debemos ser sumamente cuidadosos ante el alma que se apaga.
Frente a este mundo que a veces promueve decisiones utilitarias o eugenésicas, el judaísmo levanta una voz clara, eterna y firme: la vida no se mide, no se compara, no se valora por su productividad. Se cuida. Se honra. Se agradece.
Y cuando nos enfrentamos a la angustia, al dolor o a las pruebas más duras, recordemos siempre que D’s, cuya justicia es perfecta aunque escapa a nuestro entendimiento, acompaña cada instante de nuestras vidas. Como pedimos en nuestras tefilot: “Ribonó Shel Olam, no nos pongas a prueba”. Pero si la prueba llega, que sepamos cómo responder, con fidelidad, con humanidad y con compromiso a la Torá.
Que pronto veamos el día profetizado por Ieshaiahu, cuando “la muerte será destruida para siempre y D’s enjugará las lágrimas de todos los rostros”.













