El Verdadero Tu

Nuestros Sabios enseñan que el hombre no es solamente un cuerpo, sino un alma revestida temporalmente de materia. El Rabino Aryeh Kaplan z”l, con su profundidad característica, nos invita a reflexionar sobre una pregunta esencial: ¿quién es realmente el “yo”?

Vivimos en una generación en la que se invierten enormes esfuerzos en mejorar el cuerpo, prolongar la vida y desarrollar tecnologías cada vez más avanzadas. Sin embargo, la Torá nos recuerda que la verdadera identidad del ser humano no se define por la apariencia física, sino por aquello que piensa, siente, recuerda y, sobre todo, por la dimensión espiritual que Hashem insufló en él.

El cuerpo es una vestimenta preciosa, pero temporal. El alma, en cambio, es eterna. Cada mitzvá, cada palabra de Torá, cada acto de bondad y cada pensamiento elevado dejan una huella imborrable en esa alma que continuará existiendo aun cuando la vida física llegue a su fin.

Nuestros Sabios describen el Mundo Venidero como un estado en el que el hombre contempla con absoluta claridad todo aquello que construyó durante su paso por este mundo. Allí desaparecen las distracciones y las justificaciones. Permanecen únicamente las acciones, las palabras y las intenciones con las que vivimos.

Por ello, la pregunta más importante no es cuánto poseemos ni cuánto éxito material alcanzamos, sino quiénes estamos llegando a ser.

Cada vez que educamos a nuestros hijos, ayudamos a otra persona, pronunciamos una berajá con concentración, estudiamos Torá o vencemos una mala inclinación, estamos fortaleciendo nuestro verdadero “yo”: nuestra neshamá.

La sociedad moderna nos enseña a identificarnos con lo externo. La Torá nos enseña a descubrir lo eterno.

Que tengamos el mérito de no vivir únicamente para alimentar el cuerpo, sino también para nutrir el alma; de recordar que somos mucho más que materia, y de construir, día tras día, una vida llena de Torá, mitzvot y bondad.

Porque al final, aquello que realmente somos no es lo que vemos en el espejo, sino aquello que Hashem ve cuando contempla nuestra alma.